La Muerte más divertida

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Por Heber Quijano

Ahora que se viene el Día de Muertos —y que nos acercamos a los cementerios como devotos amantes de nuestros amados, válgame la redundancia para enfatizar a nuestros seres queridos— se hace pertinente darle una hojeada a la Muerte. El hedonismo de nuestra época sufre cada vez más con la confrontación con la muerte, y el trance de duelo es cada vez más corto y poco higiénico (bien lo ha señalado Darian Leader en La moda negra y como lo enseñaban los ars moriendi medievales). Ello combina perfectamente con la iconografía más arraigada en el imaginario popular ―tremendista y apocalíptica― que hace de su imagen una efigie que anda con su guadaña segando la tierra de humanos.

Entre las grietas de esa imagen, hay instantes que ponen a la Muerte con ciertos rasgos humanos que ponen en entredicho lo siniestro de su presencia. En A la diestra de Dios Padre, Tomás Carrasquilla hace que Peralta, un campesino demasiado mustio y suspicaz, consiga que La Muerte no pueda moverse sin su permiso mediante un engaño. Así, el futuro y el poder casi absoluto sobre la humanidad recaen en Peralta, hasta que Jesús y San Pedro le ruegan dejar libre a la Muerte, pues si no el mundo no saldría del caos en el que se encuentra. Sin el tono lúdico y francamente divertido de Carrasquilla, en Intermitencias de la muerte, el nobel portugués José Saramago, indaga la misma temática pero desde la afilada reflexión de nuestro siglo XX.

En La dama del alba el dramaturgo español Alejandro Casona convierte a la muerte en una peregrina que visita la casa de unos hacendados de una ciudad de Asturias. En una reflexión ante el patriarca familiar, la Muerte —disfrazada de Peregrina— le confiesa su dolor por sentirse sola, con el castigo de la inmortalidad y con un ansia por vivir y sufrir los sentimientos de los humanos. La versión mexicana fue protagonizada por Emilio Tuero y Marga Lopez. Las distintas versiones cinematográficas hacen de la Muerte un personaje carismático, mucho más simbólico y menos acartonado que el Joe Black de Martin Brest, interpretado por el más insípido Brad Pitt. En la película homónima, la Muerte está personificada ahora en un hombre totalmente fotogénico y patéticamente ñoño. Sin embargo, también padece de sentimientos humanos.

Esta postura humanizada recuerda las danzas macabras medievales, donde varias calacas se ponían a mover el esqueleto en un fandango muy peculiar. De ahí proviene, por ejemplo la Danse macabre de Camille Saint Saëns y la versión Skeleton dance de 1929 de Walt Disney. Con esa misma picardía hay vitrales en los que la Muerte asemeja un niño haciendo travesuras, como el de la Catedral de Mönsterplatz de Berna. Además de los grabados de Posada, en México tenemos una larga lista de calacas haciendo de todo en la Feria del Alfeñique, que bailan, beben, juegan futbol, y en el extremo de la paradoja, dan a luz a calaquitas de azúcar, para comernos la Muerte a mordidas, mientras encendemos nuestro duelo familiar con luces de cempasúchil .

@heberquijano

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