Las posaderas del Rey

Mientras Luis XII, Rey de Francia, organizaba los planes para la guerra contra el Reino de Nápoles, el bufón Triboulet se acercó por detrás y al ver el enorme trasero del Rey, no pudo contenerse y le dio una sonora nalgada.

El monarca, furioso, amenazó con ejecutar a Triboulet. Más como le tenía tanto cariño, se tranquilizó un poco y le prometió el perdón si le ofrecía una disculpa más ofensiva que el insultante azote.

-Lo siento tanto, su majestad. Si hubiera sabido que era su trasero y no el de la Reina el que iba a nalguear, jamás lo hubiera hecho. Fue la hábil respuesta del bufón real.

La presencia del colorado juglar en la corte y la impertinencia con que se conducía son buen pretexto para hablar sobre su opuesto: la seriedad, hermana bien portada de la mentira.

La seriedad es el modo de ser particular de quienes desean parecer algo que no son. Su enseñanza es lenta, progresiva y dolorosa. Los chamacos, ejemplo de la gracia y el desenfado, son entrenados desde muy pequeños en el arte de ser serios.

Para contrarrestar su gusto por correr en cueros, por ejemplo, se les viste de colores azules y rosas. Entrados en edad escolar, se les uniforma. Y el día de las mamás se aplican copiosas cantidades de gel en su cabeza y, gran contradicción, se les disfraza de abeja.

Vaya usted a saber, pero todo este proceso no les quita lo latosos: es mera apariencia y el primer paso del adiestramiento. Ya creciditos, quienes logran superar con dieces el curso se vuelven políticos y con el traje de adán debajo de la seda se paran en tribuna para, con toda la seriedad del Mundo, mentir descaradamente.

No vayamos a lo fácil, los políticos son las víctimas predilectas de quienes gustan de quejarse (pobrecitos) pero todos cargamos una cruz.  Yo, por ejemplo, odio sentarme en la recepción de la oficina del Predial y miro con envidia a los niños que se meten debajo de los asientos mientras su madre preocupada les jala la patilla. ¿Pues es que hay algo mejor qué hacer que explorar los misterios de las patas de las sillas mientras suena el timbre con el turno 386?  Yo no lo creo.

Lo de la seriedad es mero autoengaño. No por nada es más fácil mentir haciéndose el serio que mentir haciéndose el simpático. Inténtelo usted, lector querido. Procure soltar una carcajada mientras lee la Ley del ISR y vea lo mal que le sale comparado con la cara seria que pone cuando compra las tortillas, por guapa que esté la tortillera.

Quizá sea esa la razón de lo dicho por Joseph Addison: la seriedad es la estupidez graduándose de la universidad. Me despido con este vídeo del test del malvavisco… y nada de risas falsas.

 

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