5 cosas que aprendí después de ver el debate

Como mero testigo del mundo, como ciudadano interesado por mi país y por el planeta en el que vivo, como un peatón más que soy, después de ver el debate entre Hillary Clinton y Donald Trump se me esclarecieron ciertas sospechas en torno al comportamiento de los políticos.

No importa cuán poco propositivo sea un personaje, si su discurso y énfasis insiste con vehemencia, empeño y vitalidad (sustantivo que bien podrían ir entre comillas), encontrará un nicho de incautos que le crean.

Los argumentos, los datos, las estrategias son demasiada información y explicarlos es abrir un frente al combate de los analistas. Un pobre político termina por decir poco, muchas veces y muy fuerte. Porque, como dice Enrique Jardiel Poncela: “Todos los que no tienen nada que decir hablan a gritos”.

Para todo existe un nicho esperando ser descubierto. El verdadero éxito de la demagogia está en descubrir cuál es el nicho más poderoso, el más reactivo o el más numeroso. Y ese no es ni el de la inteligencia, la tolerancia y la apertura.

Asumir una culpa, un error, un desliz, proyecta debilidad, dirían los clásicos. Pero también sinceridad, criterio, razonamiento. Vaya paradoja.

Si algo sale mal, si has perdido el hilo negro de la credibilidad, el comodín más cómodo para “salvarse” es apelar a una conspiración en tu contra, una campaña de desprestigio a la cual se le pueda achacar los errores, los fracasos y, sobre todo, las culpas.

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