Tomar las calles

Escribo estas líneas después de la noche del 31 de octubre. Me refiero específicamente al Happy Halloween y a las vísperas de Día de Muertos. La calle principal de mi colonia se convirtió en una verbena, en una fiesta. Cientos de niños con sus amigos, con sus padres, sus hermanos, sus abuelos inundaron con sus disfraces y sus cantos para pedir calaverita. Como buenos “angelitos bajados del cielo”. Las bocinas de los puestos de piratería perdieron su estridencia; el transito disminuyó su velocidad; los vecinos se reconocían entre ellos y en los rostros esperanzados de los niños. Sus risas, sus gritos tomaron las calles.

No importa que el sincretismo cultural ya nos haya superado para demostrar año con año la vivacidad de esta fusión del espíritu pagano del Halloween con las reminiscencias católicas amalgamadas al origen prehispánico (pagano también, en el sentido más estricto del término) del Día de Muertos. No importa que día con día percibamos el poder del crimen organizado ondeando su estela de sangre en nuestras ciudades. No importa que el futuro económico sea poco promisorio, que el dolar siga por los cielos, que las elecciones en el vecino país del norte pendan como una espada de Damocles.

No, los niños tomaron las calles y eso me da el respiro para pensar que todavía podemos sembrar y cosechar la dedicación al trabajo como oficio; la honestidad, la solidaridad y la filantropía como devoción; la transparencia (sí, en ese tono tan politizado) como la simple demostración de responsabilidad. Sus risas me dan la intuición de que nos consagremos a ellos, para que nunca tengamos que decir que en México no es necesario disfrazarse de muerto.

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