Una aguja con su hilo teje o cierra la herida

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

“{…} dos cuerdas que resuenan como un mismo número en distintos lados {…}”   Jorge Drexler, La trama y el desenlace

El 7 de abril de 1889 nació Gabriela Mistral, a tu padre no le importó que este fuera un seudónimo, simplemente buscó en internet nombres de mujeres nacidas el día en que tu mamá te daba a luz, estuvo negándose durante cada pregunta hecha por su familia y amigos, «no le pondré nombre hasta su nacimiento».

Miras el libro de poemas, encuentras la fecha de publicación, no de este ejemplar, la primera edición relacionada en una nota a pie de página del prólogo, a los 33 años, en 1922, Gabriela Mistral publica su libro “Desolación”. Lees en alguna de las páginas unos versos del poema desolación “La bruma espesa, eterna, para que olvide donde me ha arrojado la mar en su ola de salmuera. La tierra a la que vine no tiene primavera”, le sugieres a la persona que atiende la librería que te permita leer otros poemas antes de convencerte de la compra.

A las cuatro de la tarde las nubes no terminaban de parirse y desde la ventana de la librería podías ver el caudal incesante descendiendo hacia la avenida. El café estaba frío, no lo habías probado por estar yendo de libro en libro por los estantes, tomando apenas unos minutos cada uno, lo suficiente para leer la tabla de contenido, y la página, si es que era posible, la página 33, el mismo número de años que complacida decías haber vivido cada instante. Pediste una nueva taza, el hombre cuando fue a la mesa te preguntó si habías tenido algún problema con el café, si fuese así lo cambiarían por otro a costo de ellos. Dijiste la verdad, lo olvidaste por ir detrás de un libro apenas habiendo hojeado otro. En este instante tenías uno de Naipul, “El enigma de la llegada”, leías, «Se apaciguó; el brillo de sus ojos se apagó. Y nunca volví a oírle hablar.»

El aroma del café te recordó que seguías de pie y no habías estado sentada mucho tiempo, volviste a la silla, tomaste una de las galletas con las que acompañaron la taza, diste un sorbo al líquido caliente, apresuraste otro, miraste sobre la mesa el libro de Gabriela Mistral, un nombre del que tu primer recuerdo es cuando estabas en el primer año escolar y la profesora te llamó diciendo, «Gabriela, deja a tu compañera en paz, no le tires el cabello», no quisiste levantarlo a la primera intención, te convenciste después de ver la luz de un rayo escupiendo el sonido de su trueno, solo estarías en el lugar hasta cuando la lluvia fuese apenas un recuerdo extendiéndose por las calles húmedas. Repetiste el sorbo de café, rompiste con los dientes la otra galleta, quedó a la mitad, abriste las páginas del libro con tu mano izquierda, sentiste en la derecha una migaja de la galleta.

Empiezas a leerlo nuevamente mientras el vendedor cambia la música, y pone una canción de Jorge Drexler, sin notarlo la tarareas, «Dos paseantes distraídos han conseguido que el reloj de arena de la pena pare, que se despedace y así seguir el rumbo que el viento trace.»

Decidiste comprar el libro, pides lo envuelvan para regalo, se lo llevarás a tu padre el fin de semana que hagas visita a tu casa. Llamarse Gabriela por una escritora de la que no sabes nada, quizá tendría más sentido comprar un libro con la biografía de la mujer, sería una mejor manera de entender tu relación con ella, claro, eso debió haber hecho tu padre, no tú, tu padre sí tendría que saber quién era la mujer para imaginarse tal vez así a su hija. Tú apenas has leído algunos poemas y no te sabes ninguno. La explicación dada por tus padres fue que como la vida estaba hecha por el azar, así deberías tú tener tu nombre propio, por el azar de una búsqueda. Nunca te has sentido satisfecha con esa respuesta, de hecho, crees haber escuchado diferentes versiones para justificar el nombre con el que te registraron. El hombre de la librería trae a la mesa el libro bien vestido, se visten para regalo y les rasgan la ropa para saber quiénes son por dentro, eso piensas de los obsequios cuando van así de adornados.

A la librería ingresa una pareja, están empapados por el aguacero, te alabas por haber tomado la decisión de quedarte dentro, los pezones de la mujer se notan debajo de la blusa, sientes un temblor, no porque te gusten las mujeres, siempre tienes la sensación de que te pasa lo mismo y de manera instintiva te llevas los brazos a tu pecho. El muchacho es más joven que ella, ella debe estar en los veinticinco, en eso de adivinar la edad eres buena, son dos estudiantes, apuestas a que vienen de una de las universidades que están cerca, apuestas mal y perdiste, son los que atenderán el segundo turno en la librería, ella reemplaza a la muchacha que prepara el café y la comida, él a quien te atendió con el café y el libro. Te enteras rápidamente de la dinámica de los turnos para atender en la semana, los escuchas hablar mientras se secan, no imaginas porque ella no va al baño a secarse, siguen hablando y tú los miras, los miras demasiado, eso es, miras el tatuaje en el brazo de la muchacha, es igual al de tu padre.

Ocho años después de tu nacimiento tu papá llegó una noche a casa con un tatuaje en el brazo, la imagen de una aguja cerrando una herida, esa misma imagen está en el brazo de la muchacha, demasiado alejada de la moda o de cualquier imagen común como para que siendo tan exactas no tenga que ver con tu padre. Tú querías hacértela para seguirlo, no te dejaron. En los sitios de tatuajes ninguno conocía la imagen, así, sin que pudiera ser exacta no te la hiciste, igual, aunque no lo comprendías en ninguno de esos sitios te lo hubieran hecho, eras demasiado pequeña y ellos no tenían ánimo de meterse en líos con nadie. Recuperas el afán por irte, levantas el libro de la mesa, recoges tu bolso, vas hasta la caja, pides la cuenta, al tiempo que te hacen la factura la muchacha te habla, se fija en tu libro, te dice, «hasta los dieciocho años a mi papá le gustaba leerme poesía de Gabriela Mistral, pero, bueno, no tienes que escuchar esto, un día dejó de ir a casa, quizá apenas cumplí los 18, yo me hice este tatuaje después de que él desapareció de mi vida»

 

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