Trompos, yoyos y baleros: el Mundo que se nos va

Todo se va, después de un tiempo. Las golondrinas cantaron para los carruajes, las pelucas barrocas, las cartas de amor y los discos flexibles.

Al menos dos grupos añoran lo que se fue: quienes vivieron con ello y quienes creen que tiempos pasados siempre fueron mejores (nacidos después del 2000, a ustedes escribo).

Algunos las tuvieron vivas y se les hicieron recuerdos. Los abuelos con las calles empedradas enterradas en abono y el trote de las herraduras, yo con los yoyos y los trompos.

Aún quedan varios, es cierto (en mi mano tengo uno hecho por Don Juan Manuel Morales Zúñiga, artesano de Hualahuises) pero se quedan en las mesas de escritores y no en las manos de los niños donde antes vivían.

Yo no usé yoyos de madera como esos. Me tocó el éxito de los yoyos y trompos de plástico Duncan (los más deseados con la flor imperial). En mi niñez todos tenían uno y llegaron a ser tan populares que Coca Cola los cambiaba por tapa-roscas y un poco de dinero. Fue, hasta donde sé, la última vez que los yoyos y trompos fueron un juego de masas.

Su regreso es prácticamente imposible. Los videojuegos (que ya competían con Duncan)  y la Internet llenan la vida de los nuevos niños de portentos con los que el yoyo no puede competir. Algunas maravillosas -la educación en línea, el contacto intercultural- y otras no tanto -el gusto por destruir al otro a través del troleo o la omnipresente pornografía.

Los videojuegos van más allá. Trabajan a pasos agigantados para crear mundos en los que el niño (y el adulto) pueda realizar proezas que antes eran dominio de reyes y héroes. Los últimos equipos de realidad virtual permiten una incursión casi táctil y poco falta para que los avances engloben al resto de las sentidos (quien haya visto la magistral representación de Grand Moff Tarkin en Rogue One, podrá coincidir conmigo).

En lo que el yoyo sigue su inevitable camino hacia los museos, los dejo con un video de la eficaz fabricación de yoyos en Hualahuises, Nuevo León. Hasta la próxima.

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