Conversaciones interminables

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Domicilios de licores, de comida, de medicinas, de lavandería, de parrilladas, de músicos, y más, más tipos de domicilios publicados en internet. Pegados por el imán sobre la superficie de la nevera están en pequeñas tarjetas, los números de la farmacia, de la licorera, de la lavandería, de unos mariachis que no son mexicanos y cantan como si ese fuese su país de origen, de restaurantes de comida china, de asaderos de pollos, del supermercado, de la estética que atiende desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche, y también de la panadería que solo atiende hasta las ocho de la noche.

Ha mirado el reloj varias veces, parece buscar las respuestas a todas sus dudas en la hora marcada por los números de la pantalla digital, sabe que después de las ocho no podrá pedir nada del supermercado, quiere huevos y jamón, leche y pan, sin embargo, ha hecho la cuenta y el valor del pedido es inferior al mínimo exigido para los domicilios. Abre la nevera, no se anima de llenarla con otras cosas, hace lo mismo con la alacena, piensa que podría pedir unas galletas de sal, también estaría perfecto adicionar atún y unos paquetes de papas fritas.

Levanta el teléfono, escucha la voz del hombre que atiende los pedidos, le hacen repetir dos veces, le compensan con una repetición del precio del mismo, da los datos de siempre, dirección, número y teléfono del apartamento, nombre y el valor del billete con el que va a pagar. Toma su propia lista, la que ha hecho mientras hablaba con el hombre, observa la tinta de color negro sobre el papel blanco, aproxima su nariz y huele, solo siente el aroma de la tinta, el del papel no es capaz de reconocerlo.

En el primer cajón de la mesa junto a su cama está la billetera, extrae de ella lo necesario para el pago, siente curiosidad por lo que lleva en ella, sale a la sala y la pone sobre el sofá, empieza a sacar un objeto tras otro, fotografías, pequeños papeles con direcciones físicas y electrónicas, una fotografía de sus padres, otra de una amiga, las tarjetas débito y crédito, escrito en una tarjetica una frase con mensaje positivo, un carnet de usuario frecuente del supermercado, dan el 5% de descuento si se presenta en cada compra. Cuenta los billetes, no suma el valor, solo el número de billetes como cuando era niño y lo importante era la cantidad y no el valor de los mismos.

Observa con cuidado la información de las tarjetas de usuario del sistema de salud, tipo de sangre, fecha de nacimiento, alergias, está el espacio, aunque él no tiene alergia a nada según dijeron los médicos. Hay una manilla hecha con hilos de colores, ahora recuerda que lo lleva como amuleto para la buena suerte, se lo regalaron unos amigos el día en que cumplió años hace ya varios, la idea del mensaje del amuleto es que con los hilos puede conectarse con lo que quiera en el mundo.

El sonido del citófono interrumpió sus pensamientos, se desplazó para contestarlo, autorizó el acceso de la persona del supermercado con su pedido. Calculó el tiempo que tardaría en llegar hasta la puerta, volvió al sofá, empezó a dejar las cosas en su lugar excepto la fotografía de su amiga, decidió dejarla fuera, la llevó hasta un mueble en donde los libros hacían culto al orden geométrico, la metió entre las páginas de un libro de poemas, y sin que hubiese grabado con exactitud el título del libro debió ir hasta la puerta para abrirla.

Dejó en la nevera lo que era necesario refrigerarse, en la alacena las otras cosas, luego tomó el pan con el jamón y se preparó un sándwich que combinó con dos vasos de leche. Había puesto una lista de reproducción en reproductor de música, en este instante se oía la voz de Jorge Drexler el uruguayo cantando, “Ir y venir, seguir y guiar, dar y tener, entrar y salir de fase, amar la trama más que el desenlace “. No recordó en ese instante de quién había recibido la recomendación para escuchar canciones del uruguayo, ahora solo estaba ahí y cada cierto número de días sonaba en su lista de reproducción, “Dos paseantes distraídos han conseguido que el reloj de arena de la pena pare, que se despedace y así seguir el rumbo que el viento trace”

Enciende el televisor, busca una serie inglesa a la cual se ha aficionado, es casi la hora en que presentan el capítulo estreno, le quedan unos minutos, va hasta la cocina, lava los platos y el vaso, limpia la “sandwichera”, ordena los objetos, limpia el agua salpicada sobre el mesón, seca sus manos con uno de los limpiones de la cocina, se aplica una crema para manos que tiene junto al lavaplatos. Es una crema medicada, aunque el médico dijo que no tenía alergias, el jabón con el cual lava la losa le produce irritación en la piel.

El programa está iniciando, él se acomoda en el sofá, se extiende, pone la cabeza sobre unas almohadas, se concentra en la trama, no hace ruidos para interrumpirse a sí mismo, mentalmente se critica, si alguien estuviera con él lo obligaría a callarse, sería una vergüenza hacerlo, pero le gusta ver televisión estando solo sin ruidos externos, sin conversaciones u observaciones sobre lo que va ocurriendo en la pantalla.

Cincuenta minutos de televisión, se levanta y va hasta la cocina, sospecha haber dejado la ventana abierta, es así, la ventana deja entrar el frío nocturno, no le gusta usar esa palabra, presiente que usarla atrae a las sombras, eso ocurre, vuelve a sentir las sombras como si tuvieran volumen, camina hacia la sala, un viaje más de ida y vuelta desde el sofá hasta la cocina, o desde la cocina hasta el sofá. Inicia un nuevo programa, le pone más volumen al televisor, los sonidos que habían estado apagados empiezan a ponerse un tono más alto, él los evita aumentando el sonido del programa que inicia.

Es una película que ya ha visto, “Más extraño que la ficción”, le gusta mucho y en cada oportunidad que la ha visto recuerda que él no ha leído la novela de Unamuno de la cual dicen que la historia es similar. Le gusta la canción que ponen en una de las escenas, “Whole wide world”, y cuando la escucha repite para sí, “recorrería el mundo entero solo para encontrarla”, pero él no tiene intención de moverse del sofá, menos cuando desde la cocina unas voces se preguntan y responden, unos pasos dan paso a otros que los siguen hasta el cuarto. No le importan, él no se moverá del sofá hasta cuando pasadas la una de la mañana el silencio se haya posado por completo en el apartamento.

Los sonidos no siempre logran el tamaño suficiente para caer encima del audio del televisor, aun así, algunas veces el televisor deja vacíos que son aprovechados por las voces, él las escucha enteras y entiende lo que dicen, una discusión que se les quedó en este mundo y la mantienen sin posibilidad de terminarla. Es sobre una botella de vidrio en la que dejaron un brebaje, una botella tapada por un tapón hecho de caucho traído del Amazonas, una botella hecha en algún lugar en el sur de América.

Las ha escuchado muchas veces, y esas mismas veces le da temor, él sabe del lugar en donde está, sí, detrás del sofá en donde él duerme y a donde ellas no pueden llegar porque el anterior dueño del apartamento ha puesto una línea de clavos bajo la baldosa en la línea donde empieza la sala, ellas no pueden pasar, algo que él no comprende se los impide.

Cambia de canal, pasa a uno en donde están pasando un especial sobre los leones en África, solo se queda unos segundos ahí, no le interesan los felinos, da dos saltos con el botón del control remoto, hay un especial sobre las grandes construcciones de las épocas previas a la modernidad, empiezan por las pirámides, va por otro canal, ahora es una repetición de un partido de fútbol, ve unos minutos, alcanza a sentir que el sueño le apaga los ojos, parpadea y mueve la cabeza hacia uno de los lados sin control alguno.

Deja el televisor encendido, solo baja un poco el volumen, se acomoda en el sofá y se queda dormido.

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