Crítica de libro: Que viva la música

Tengo que confesar que aún no he visto la película. Y no hace gran falta porque la novela de culto ¡Que viva la música! del colombiano Andrés
Caicedo poco puede verse reflejada, en su esplendor. ¡Que viva la música! es una novela de culto que hasta hace poco era más una de esas leyendas urbanas, difícil de encontrar como un tesoro arqueológico. Pero hace poco ya se podía comprar en México en la tienda amarilla con morado.

Después de leerla, confirmé su caracter de “culto”, porque tiene una escritura, un estilo y un léxico que no se leía en la literatura colombiana, sumida en el halo místico del realismo mágico de García Márquez y que a penas vislumbraba a sus hijos rebeldes: el Grupo McOndo. Caicedo se sumerge en la oralidad más profunda de su ciudad, en el juego vanguardista de la ortodoxia narrativa. Sucia, si la comparamos con el sofisticado estilo de García Márquez (pocos hay que puedan comparársele y salir avantes); pero es precisamente en esa suciedad, en la sordidez misma del juego verbal con que el barrio se respalda verbalmente, sólo que en impreso. Por ello, es que Alberto Fuguet lo encumbra como el primer enemigo de Macondo (y lo adora más allá de lo literario, como se descubre en el prólogo).

El estilo de Caicedo llega a ser pesado, cansado para un lector que no comparte el slang de Cali. Y estar adivinando cómo hablaban los estratos burgueses y los del arrabal en 1977, créanme, es complicado. Pero no por ello, deja de ser asombroso ese periplo infernal de la protagonista: La Rubísima. Un descenso al infierno que cumple también una línea musical y socioecónomica: de la zona alta, rica, blanca y burguesa de Cali cuyos yuppies escuchaban a los Rolling Stones a la casi sumergida barriada salsera, negra, pobre, rabiosa y muy reactiva. Y no es nada para obviar el diluvio de referencia musicales en una de las capitales mundiales de la salsa, comandadas desde el título por el percusionista más cercano a Miles Davis: Ray Barreto. Si Bajo el volcán es la novela sobre el mezcal, ¡Que viva la música! bien podría ser la novela sobre Cali o sobre la salsa.

Conforme dentro de la historia la protagonista hace su viaje, real y simbólico, también va descubriendo otros placeres gemelos a la música: el sexo y la drogas. Los excesos siempre convocan a los héroes de nuestra época, los héroes románticos de la farándula musical, incluyendo el Club de los 27.

Finalicemos, pues, con una cita sintomática de la novela:

“El sexo es el acto de las tinieblas y el enamoramiento la reunión de los tormentos. Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. No hay nada más disímil ni menos dado a la reconciliación. Tú, practica el miedo, el rapto, la pugna, la violencia, la perversión y la vía anal, si crees que la satisfacción depende de la estrechez y de la posición predominante” (228)

 

También los invito a mi blog

Anuncio UAEM
Anuncio UAEM