Nacionalismos ramplones

Me voy a subir al tren de la indignación, al vagón que va entre el chovinismo, el nacionalismo ramplón, y aquel que concilia la devoción con el patriotismo en sus sentido más romántico. Cómo no tener una postura clara, concisa y precisa después del abrupto escándalo del jersey de Tom Brady robado por un “periodista” mexicano.

Tengo que precisar que en mi nacionalismo ramplón: ese “mexicano” no me representa. Como tampoco lo hizo aquel que  apagó el Fuego Eterno del Arco del Triunfo en París en el Mundial de 1998. Ni de aquel que provocara la paralización del Tren Bala en el Mundial Corea-Japón en 2002. Ni hablemos del que le puso el jorongo y el sombrero a la estatua de Mandela en Sudáfrica 2010, o del que se lanzó del crucero, ebrio, en el Mundial de Brasil 2014. Tiro por viaje, diría mi abuela.

Mi nacionalismo ramplón me exime de sentirme representado, como mexicano, por las fosas en las que se encuentran osamentas al por mayor. Por las ostentosas y millonarias casas de los representantes de un país cuya población (más del 40%) vive en la pobreza. Tampoco me representa el lugar 123 de nuestro país (de 176) en el Índice de Corrupción, o el 35 de 43 en beneficios para el retiro, o el 135 de 138 de debido a la violencia o la peligrosidad para trabajar como periodista.

Por mucho que mi patriotismo se exceda en halagos en torno a la gastronomía o en la música, todo lo arriba señalado, son hechos, realidades factuales. Y por lo tanto irrebatibles. A pesar de que mi patriotismo empuje, con su granito de arena, en incitar a cumplir con: pagar impuestos, respetar reglamentos y leyes, en educar como buen ciudadano a los hijos, en cumplir con mis deberes labores y legales, en ejercer derechos en estricto apego y respeto a los derechos de los demás, a pesar de todo ello, falta mucho más. Por mucho que mi patriotismo real, verdadero y romántico, insista en hablar de todo aquello que sí nos representa, desde los grandes logros científicos, literarios, culturales e históricos de nuestro país, hasta esas cosas impalpables como la simpatía con la que nos reciben en el extranjero, de la que he sido testigo en al menos 6 países a los que he viajado como turista, falta mucho más. Por ejemplo, (apelando al capítulo “Los hijos de la Malinche de Octavio Paz en El Laberinto de la soledad) quitarnos de la cabeza el “ya me los chingué”, “porque soy chingón”.

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