De verdad ¿por seguir a un partido, quienes lo hacen son lo peor?

En estos momentos de campaña, saber distinguir los hechos del ruido es fundamental para tomar una buena decisión. ¿Es en verdad posible que todo aquel que siga a un determinado partido sea un truhán despreciable solo por el hecho de seguirlo? ¿No puede haber personas inteligentes y capaces, lo mismo que necias e incapaces en ambos lados del campo? Yo creo que sí. ¿Y ustedes?

La polarización de las opiniones -especialmente en Internet- es cada vez más evidente. Desde los que piensan que todas las feministas odian a los hombres hasta quienes opinan que los toreros son asesinos: es difícil hallar a quien aún posea amor por la verdad (o la veracidad, si la primera parece demasiado teológica).

Sin embargo, en la misma humildad intelectual el diablo anda rondando: quizás pensemos que las personas religiosas  son las menos tolerantes y los liberales progresistas amantes de lo orgánico resuelven todo con un abrazo. Bueno, pues resulta que ni lo uno ni lo otro: todos parejos.

Al menos esto es lo que indica un estudio de la Universidad de Duke que halló que personas de todo el espectro político de los EEUU pueden o no tener humildad intelectual. ¿Y qué es la humildad intelectual? Simple y llanamente: la capacidad que tenemos de aceptar que nuestras creencias pueden estar equivocadas. Cualquier creencia: política, religiosa, moral, científica, literaria, cinematográfica, intelectual.

En efecto, el estudio encontró que no hay diferencia en el porcentaje de personas que poseen humildad intelectual entre grupos opuestos: ya sean liberales o conservadores o personas religiosas y no religiosas.

El autor Mark Leary, profesor de psicología y neurociencia en Duke dijo: “Hay estereotipos sobre los conservadores y las personas religiosas sobre que tienen menos humildad intelectual sobre sus creencias: No encontramos ninguna evidencia de eso”. Lo que quiere decir que, al menos en los EEUU, hay tantas personas religiosas como liberales que ponen en duda sus propias creencias.

Los autores definen la humildad intelectual como el antónimo de la arrogancia intelectual o la presunción. Las personas que poseen humildad intelectual tienen creencias fuertes pero reconocen que pueden estar equivocados y están dispuestos a escuchar argumentos en contra, sin importar si se trata de un asunto menor (tu preferencia en música) o uno de gran importancia (la existencia de Dios).

Cómo midieron la humildad intelectual

Los investigadores hicieron cuatro estudios separados para medir el rasgo y saber más sobre su funcionamiento. En un estudio, los participantes leyeron ensayos en donde se argumentaba a favor y en contra de la religión y después se les pidió opinar sobre la personalidad del autor del ensayo.

Después de leer un ensayo con el que difirieron, las personas con arrogancia intelectual le dieron al autor baja calificación en moralidad, honestidad, competencia y calidez. En contraste, las personas con humildad intelectual tuvieron una menor probabilidad de juzgar el carácter del autor en base a sus opiniones. Es decir: pudieron separar la opinión del sentimiento.

El rasgo de personalidad también afectó el cómo las personas ven a los políticos “chapulines”. Por ejemplo, los republicanos con humildad intelectual dijeron que podrían votar por un político cuya opinión ha cambiado debido a nueva evidencia (el viejo dicho de “es de sabios cambiar de opinión”). Además, la probabilidad de criticar a un político “chapulín” fue menor. Sin embargo, hubo menor variabilidad entre los demócratas: estos -fueran intelectualmente humildes o arrogantes- tuvieron una menor probabilidad de criticar a un político por cambiar de opinión.

La humildad intelectual se puede enseñar.

Para Leary no es solo un rasgo de personalidad sino un valor. Si lo pensamos, alguien que está dispuesto a aceptar que se equivocó y corregir el rumbo puede ser un mejor jefe, esposo, hijo, presidente de la República o ciudadano.

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