El paraíso de la infancia, la poesía de Jesús Bartolo

La poesía puede parecernos lejana, cursi, complicada, o de plano, un lujo del entretenimiento que oscila entre la pretensión de intelectualidad y la pérdida del tiempo “productivo”, sí, ese que nos exige la cultura del capitalismo salvaje en la que hasta el descanso tiene que ser capitalizado. Dentro de la denominada “literatura mexiquense”, incluso en un lindero todavía más endeble, está la obra de Jesús Bartolo. Si bien el escritor nació en Atoyac, Guerrero, gran parte de su vida y trabajo se ha dado en el territorio del Estado de México.

Herederó de los últimos esfuerzos del Centro Toluqueño de Escritores, ahora redivivo, Jesús Bartolo tiene una voz propia potente y contundente. Su retórica es arrebatadora, intensa y entrañable, lo que se suma a la cercanía de sus temas: la añoranza de la infancia (ese paraíso perdido en el que nos forjamos todos), las pérdidas familiares (la de Abuela por encima de todo; la del padre, tan sintomática en el imaginario mexicano), el amor y sus vehemencias, todo ello siempre en el marco del paisaje y la fronda vegetal y animal de un trópico que nos revela nuestra Tierra Caliente.

Afortunadamente me acerqué a Diente de león, ganador el tercer lugar del Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz en 2010, convocado por el Consejo editorial de la Administración Pública. Si bien el poemario es el más barroco de su obra, las impresiones provocadas por la curandera en el sujeto lírico son impactantes por la cantidad de imágenes del libro. Años después, obtuvo la Mención Honorífica en el Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen Estrada”, convocado por la Universidad Autónoma del Estado de México, por su libro: En las lágrimas de la Abuela nunca retoñó un paquidermo. El poemario es una entrañable declaración de orfandad que gira en torno al recuerdo de la Abuela, tan caro para el poeta, como respecto a un padre desaparecido en los torbellinos de la guerrilla setentera de nuestro país. Me parecen sus dos poemarios más importantes, y si me apuran, los primeros que hay que leerle.

La Colección Summa de Días, de la que ya hemos hablado en esta sección, le dio cobijo entre sus acertadas publicaciones con el título Memoria de nuestro polvo. Me parece no sólo una gran decisión haber publicado a una de las voces más creativas, genuinas y cautivantes de la poesía escrita, hoy por hoy, en el Estado de México.
En esta antología se puede leer un muy titubeante, pero encantador Las regresiones del mar, publicado hace 20 años en 1997. El responso del gato es un ejercicio fabuloso en torno al misticismo del gato y su ausencia (porque nos duelen las partidas de nuestras mascotas). Bartolo se pone experimental con un poema-teatral en No es el Viento el que disfrazado viene, que tiene también sus dosis de seducción sin caer en la verbosidad, en la que, me parece, se excede Iconografía de un duelo y Una vaca tengo.
De cualquier forma, el libro, leído a sorbos, es un verdadero deleite. Nos deja un sabor de nostalgia que nos exige una pausa para tomar aire. Y uso esa metáfora en términos atléticos y simbólicos. El ejercicio de la crítica, así como el de la difusión, la divulgación y la promoción de la lectura, no son trincheras para alejar al público, ya de por sí escaso de literatura y mucho menor aun para la poesía. Yo prefiero recomendar lo que me gusta. Como lector, como docente y como adicto a los libros. La queja y el reproche son armas fáciles para los pretenciosos.
También los invito a mi blog.
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