Los cumpleaños y los inventarios

Antes de soplar y pedir el deseo, uno se pone frente a las velitas del pastel y piensa: he cumplido____ años. Es mi cumpleaños. Uno convive con su edad (y todo lo que ella conlleva) día con día; lleva a cuestas las arrugas, los achaques, las cicatrices, porque nadie pasa por la vida libre de polvo y paja. Y no sólo en lo primigenio, que es el cuerpo, sino también en lo mental, en lo espiritual, en todo aquello que englobamos como “experiencia”.

Es ahí donde uno hace, cada año, un corte de caja. Un pequeño inventario que se repite sólo cuando nos echamos a la boca las uvas para recibir el año nuevo. Quizá exagero, quizá soy yo el único que hace estos ejercicios. Quizá estas prospectivas son sólo, y meramente, empresariales (¿cumplí objetivo?, ¿cuánto crecí?, ¿qué ámbitos perdieron empuje?). También la vida es darse a la deriva en el mar de los días y las incertidumbres, no lo niego. Pero los hijos, el presupuesto, la juventud, el futuro, nos confrontan a diario, con el mismo rigor que la muerte.

Para festejar y emborracharse no se necesita el pretexto de un aniversario. Para declarar el cariño y darse un buen abrazo tampoco es necesario un “cumpleaños”. Para hacer una revisión a conciencia de nuestro logros y fracaso mucho menos. Se llama reflexión, autocrítica, conciencia, discernimiento. Claro, si ese ejercicio fuera cotidiano, preciso, imparcial, seríamos como amigos, como ciudadanos, como personas mucho más lúcidos, juiciosos y prudentes con respecto a nuestros actos, a nuestro vecinos. Sé que es catequizante, pero (asómense a la calle, a los periódicos) no nos sobra.

Así pues, festejemos nuestros diablos con más gusto

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