“Mamá” no tiene conjugación

Pensé en hacer una recomendación sobre libros que se refieran a las madres, a sus esfuerzos y sacrificios, a todas sus devociones y querencias y errores. Sinceramente, es un tema enorme que me supera. Pensé en sus orígenes: los ritos de fecundidad de la Madre Tierra y todas sus vertientes (Pacha mama, Coatlicue, Rea, Ishtar, etc.) estudiadas por los antropólogos y los estudiosos del imaginario. Pensé en su derivación en los ritos marianos, en la devoción de los trovadores hacia sus reinas (empezando por Leonor de Aquitania), luego me vinieron a la mente las devotas madres de los pioneros ingleses en Estados Unidos, los huérfanos ingleses de Dickens, la “sumisas” madres representadas por Dolores del Río o las entronas por Sara García, soldaderas.

Pensé en mis abuelas, en mi madre, en mi esposa. Y antes de ponerme cursi, prefiero confesar que no hay amor más grande que el de una madre hacia su hijo. Claro, puedo equivocarme, como lo hacemos todos, pero ¿podría alguien negarlo categóricamente bajo algún argumento? Soy hijo y padre, y me queda muy claro que la maternidad supera a la paternidad. Es natural, y lógico. Comparten nueves meses alimentación, sueños, hormonas, el mismo latir del corazón. No implico con ello que tengan que competir, por el contrario; en una crianza ideal ambas se complementan.

El Día de las Madres (pretenciosamente consumista, sin duda) no es el mismo en todo el mundo. Es una convención social, como casi todo comportamiento humano. Sirve de pretexto para conmemorarlas, pero también para retomar el valor de su figura en la vida no sólo de una familia, sino en una sociedad. En México, el porcentaje de jefatura de familia comandado por las mujeres aumentó, así como de manera similar lo hizo el consumo de los hogares junto con el de las madres solteras. Las madres son, por lo tanto, el cimiento fundamental (y espiritual si me apuran) de la sociedad mexicana, y también tienen un papel trascendental en la economía.

Por mi parte, no puedo más que sentirme agradecido de tener a mis dos madres cerca (mi esposa y mi mamá). Con sus errores y sus excesos, con sus incongruencias, y con todas sus virtudes. Soy lo que soy (y lo que seré, por que los éxitos y los fracasos no son inmediatos) y hago lo que hago para ellas. Y para mi hijo. Ya me puse moralino y cursi, de nuevo, pero no puedo más que hablar desde mi trinchera, para atisbar ese lujo que se llama congruencia.

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