En un lugar de mi memoria

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

El ajedrez solo está completo cuando el juego empieza o cuando el juego termina, nunca en medio de la partida.

Después de varias citas, de salir y compartir, de una cena, un rato de baile, de ir a cine, de caminar, de ver libros tras vitrinas, de escucharnos y narrar, ella trajo un regalo para mí, dentro, unas tijeras, un hilo, una aguja. Ante mi sorpresa dijo, es para que sepas, puedes cortar los hilos de mi ropa, pero debes saber que espero vuelvas a coserlos.

Tuvimos sexo varias veces sin que hubiéramos entendido alguna cosa acerca de nuestra relación, solo dábamos para dar y recibíamos por recibir sin otra cosa en mente que estar rumiando voces corporales del uno con el otro. Tuvimos ausencias como cualquier ola marina que no tiene apego alguno sobre la playa a la que asistió extendida en el último suspiro marítimo. Dimos por hecho que ninguna palabra podría expresar lo que quisimos, así, como cualquier desconocido que le habla a la noche en un lugar distante fuimos hablándonos para dejar todo a las fuerzas del silencio.

En algún lugar de mi memoria una mujer toma café y mira a través de la ventana hacia la calle, observa en silencio sin cambiar gestos en su rostro, mueve los dedos de su mano derecha sobre la madera de la mesa. Usa una blusa de color blanco con pequeñas nubes bordadas con hilo azul claro, lleva en su cuello un adorno, una delgada cadena de oro con un dije que repite la forma de una manzana, unos aretes diminutos como el dije, la forma de un árbol da paso a todo lo que llega a sus oídos. Ignora la música del lugar, escucha el tintineo de sus dedos en la madera, sabe del sin color artificial de sus uñas, las mira un instante antes de volver a recoger las imágenes detrás del vidrio, convoca la forma de un hombre invisible del que no sabe nada y lo presiente todo, no puede esperarlo, no quiere ser la estación eternamente estática. Un sorbo nuevo del mismo café le da calor a su boca, cambia la expresión en su cara, gira su cabeza hacia un reloj en la pared junto a la puerta, es tiempo de salir, se levanta, toma un bolso de tela, lo lleva colgado de su hombro, sale, y se aleja de mi recuerdo.

Estos encuentros inesperados con ella, los que evito, van a romper mi fe en la soledad de los supermercados y centros comerciales, la mayor de las razones por la que voy a perder el tiempo en ellos es que no hay a quien saludar, es un lugar para estar sin ser, para estar anónimo con el silencio interno e ignorando el ruido borrascoso de sus pasillos y plazoletas. Hoy la he visto, hube de surtir para mí una vuelta entre estantes para negarme a verla un momento, para olvidarme de mi deseo por su rostro e impedirle a la casualidad el obligado saludo si la encuentro de frente.

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