Ejercer el cinismo

Puede que, en la historia de la humanidad, la congruencia entre las ideas y las acciones sea la mayor de las utopías. Romántica y decimonónica, la congruencia puede ser incluso imposible. Sobre todo si partimos de que lo único constante es el cambio. De opinión, de tendencias, de ideas, de emociones.

Ahora que las redes sociales han convertido la exhibición en la prioridad social, se confirman las sospechas: la presunción, la jactancia son parte del ejercicio contundente del cinismo. El cinismo entendido como el descaro y la osadía para mentir, fingir o presumir una incongruencia (evidente, revelada o exitosa, es decir, secreta).

De lo general a lo particular, de lo político y público a lo privado y doméstico, incluso en lo íntimo, ejercer el cinismo es otro de los deportes nacionales: la promesa de cumplir aquello que era una obligación; solicitar una opinión sabiendo que no será tomada en cuenta; convocar la solidaridad, el apego o la sinceridad para el beneficio propio; apropiarse del triunfo ajeno para mostrar la eficiencia propia; exhibir el error ajeno y ufanarse de encontrar esa perla, desde el lodazal propio, asumido, consciente y soslayado; pretender ejercer la reflexión sin asomarse al espejo; exigir un cambio desde la estática torre de marfil de la indolencia, la desidia o la hipocresía; en exculpar o justificar a los responsables de sus actos, por cualquier razón o pretexto; en victimizar a las víctimas.

El cinismo emplea un discurso de artimaña, el cinismo es una táctica de guerra, una estrategia de combate. Cuchillito de palo, en el mejor de los casos. El cinismo se ejerce a boca de jarro. Si nos ponemos exagerados, ese cinismo es la precisión verdadera del comportamiento humano sin máscaras ni convenciones, como sugería Nietzsche. Y de cierta forma tiene razón, como dijo Antístenes: “las pasiones tienen causas, no principios”. El punto de quiebre se da, en un país como el nuestro, en que la indefensión equivale a la desmesura del poder, insisto, de lo general a lo particular, de lo político y público a lo privado y doméstico, incluso en lo íntimo.

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