¿Por qué fascina Cien años de soledad?

Hay libros que nos embrujan y a cuyas páginas regresamos alguna vez. Por devoción, por vicio, por adicción, o en todo caso para maravillarnos, asombrarnos o vibrar nuevamente con algún pasaje particular. Lo mismo nos pasa con las películas (en mi caso Star wars, Sangre por sangre, Perfume de mujer y Azul, de Kieslowski); y si me apuran, incluso hasta en los deportes, ¿quién no ha visto la repetición y/o los mejores momentos de un juego, jugador, temporada?. Hay libros y autores a los que vuelvo recurrentemente. Cien años de soledad lo he leído dos veces.

Esta semana la novela cumbre de Gabriel García Márquez cumple 50 años de publicada, pues el 30 de mayo entró a imprenta y llegó a las librerías el 5 de junio de 1967. Ha sido publicada en más de 45 idiomas, incluyendo lenguas indígenas como el guajiro, wayuunaiki o wayu, del pueblo originario de la frontera Colombia-Venezuela. Ha vendido más de 50 millones de copias, incluyendo los 6 millones en mandarín, donde apenas empieza a editarse. ¿Qué ha convertido a Cien años de soledad en una novela tan exitosa?

La respuesta no es sencilla, ni simple. En primera instancia, por las diferentes idiosincracias de los países en los que ha sido editada, así como el inexorable paso del tiempo y con ello el cambio de aquello que los filósofos decimonónicos llamaban “espíritu de la época”. Es cierto que el boom latinoamericano ayudó en su promoción, pero el peso específico de su calidad literaria la sostiene por sí sola. Cien años de soledad seduce y fascina, creo, por la cadencia de su fraseo que nos sabe a los lectores como agua límpida y refrescante, cuyo cauce no queremos detener.

Pienso, como comparación, en la música de Mozart. La novela del Gabo conquista por la facilidad con que el lector va desgranando la historia, aunque al mismo tiempo se vaya metiendo a una boca de lobo laberíntica de una familia, los Buendía, con nombres repetitivos. El hecho de que la novela se enfoque en la estirpe (“condenada a cien años de soledad” y sin una segunda oportunidad), en una familia, permite que los lectores pueden proyectarse y/o ver reflejadas sus propias historias personales. Y, al mismo tiempo, cautiva con los símbolos y arquetipos mitológicos (el árbol, eje del mundo; la pareja primigenia; el pueblo-ciudad, centro del mundo, que puede ser cualquiera) asequibles en (si seguimos, perdón que me ponga académico, a Jung, Eliade y G. Durand) en todo el mundo.

Finalmente, creo, Cien años de soledad enamora a sus lectores por esa tendencia a la exageración, a la hipérbole (la lluvia, la epidemia de insomnio, el tiempo, etc.), como bien han señalado los especialistas. Hay en esa hiperbolización una cercanía con el pensamiento infantil y el de los enamorados, incluso en el de los enfermos. Pongo ejemplos  de exageraciones retóricas: “mi papá es superman”, “te amo hasta el infinito”, “me duele hasta el alma”, respectivamente. Esa aparente simplicidad la hace carismática, trascendente e imprescindible. Y, junto con Pedro Páramo, dos de los libros más importantes de la lengua hispana de toda la historia.

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