El fin de la privacidad

No es nada que no se sepa. Internet y las redes sociales han cambiado el mundo. Y lo demuestra ya su incidencia en el ámbito de las relaciones personales, el mundo de los negocios, en la política —las protestas (con el caso sintomático de la Primavera Árabe), las propias campañas electorales, la proyección hacia la población, el marketing, la denuncia—, en la creación artística y su difusión, la ciencia, bueno, hasta en el más terrible de los ámbitos, ese que muestra los colmillos que nos podemos hincar los humanos, caníbales que somos, la Deep web.

Hay un umbral difícil de percibir en el que la “privacidad” es casi un recuerdo del siglo pasado, en esa espiral vertiginosa que va de la egolatría —revelar y presumir todas y cada una de nuestras actividades en redes sociales— a la vorágine de la publicidad y luego termina en ese neblinoso horizonte de la infiltración de toda nuestra información a los especialistas de la red. Hoy todo es público. Toda nuestra información es una botella en el mar del Big Data, un mar repleto de pescadores dedicados a unificar los patrones de esas botellas. Y nos sentimos vigilados, en ese síndrome de Zapruder que ha planteado Mauricio Montiel Figueiras; sumado esa explosión de la paranoia y las teorías del complot (cfr. Enigmas y complots, Luc Boltanski).

La interacción generada por las redes sociales nos ha provocado en un ominoso concurso de popularidad, en un abanico de desequilibrios que van del protagonismo hasta la patología: cibercondria, nomofobia, cibermareo, síndrome de la llamada imaginaria, depresión Facebook, y la dependencia a Internet y los juegos en línea, así como el efecto Google. Y en los pliegues de todo lo anterior, el procaz aumento de suicidios on line.

Ante la simbólica desnudez, ante la exhibición total (cuyo punto más precoz es el ciberbullying), poco nos queda de margen de error. La verdadera rebeldía ya no se ubica solamente en las acendradas posturas políticas de antaño. La rebeldía real, paradójicamente medieval, es el ostracismo del ermitaño ante las redes sociales. O en todo caso, el mutismo selectivo, progresivo y puntual.

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