Aprender a ser padre

En la guardería de mi hijo, me pidieron que le escribiera una carta. De pronto, me bloquee y no supe qué escribir, luego escribí como un puberto enamorado algunos poemas. Hay cosas que no pueden expresarse en pocas palabras ni en poco espacio.

Para aprender a ser padre —porque yo todavía no aprendo y no sé si existe quien pueda tener una certeza sobre cómo serlo— hay que equivocarse, ensuciarse mientras se cambian pañales, abrir la boca mientras ofreces la cuchara al decir “el avión” y no cerrarla incluso si el niño o niña ya acabaron con el bocado. Equivocarse en castigar a la menor provocación o consentir con facilidad, equivocarse en no medir la magnitud del grito, de la nalgada, de la impaciencia. Me he equivocado, mucho, y lo sigo haciendo, pero nunca pretendo hacerlo con malicia ni alevosía.

Nunca se termina de aprender a ser padre. Cuando uno piensa que ya dominamos una reacción, comportamiento, travesura, berrinche, súbitamente se superan y nos llevan nuestros hijos de nuevo a ese paraíso perdido de nuestra propia infancia. Incluso, pretendemos que esa infancia sea un palacio inquebrantable, donde no sufran ni sientan frío. Porque afuera el mundo es inclemente

He aprendido también que el dolor traspasa cuerpos. Si al niño o niña le duele algo, tú también lo sufres. Su fiebre se convierte en nuestra fiebre, en nuestro tobogán de vértigo y ansiedad. Y no hay sufrimiento —y no me refiero a una raspada de rodillas— que no se duplique ni se intensifique. No hay peor angustia que la enfermedad de un hijo

He entendido que es muy fácil ser “hijo”, que no hay éxito ni conquista que no provenga de esa semilla de tenacidad, esfuerzo, constancia, sembrada con inteligencia. También me ha quedado claro que no hemos sido como hijos, y que no lo seremos nunca, lo suficientemente agradecidos con nuestros padres.

La paternidad es complementaria a la maternidad. El día que vi por primera vez a mi hijo todo cambió de manera irreversible, contundente, incontenible, infinita. La paternidad es una transformación. Claro, para quienes la asumimos. Pero es mucho menor en dimensión e intensidad a la maternidad. Si he sufrido una metamorfosis en mis prioridades, mis perspectivas, es mucho menor que la de mi esposa, la madre de mi hijo. Y no tengo siquiera la intuición de su magnitud.

Y aún así todavía me queda mucho por aprender, para ser un buen padre

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