Mirar de otro modo Paseo Tollocan

Cuando era niño, mi familia viajaba casi cada fin de semana a la Ciudad de México a visitar a los abuelos, a regar las raíces para evitar que se marchiten de nostalgia y ausencia. De regreso, aun hoy, hay dos cosas que me explotan, desde los sentidos, y que aseveran que estamos en casa: el penetrante olor del río Lerma y ese umbral de sauces llorones en el Paseo Tollocan.

En esta época en la que el cambio climático es casi irreversible, en que la devastación de los ecosistemas y biósferas es sistemática, la importancia de la flora y la fauna se ha convertido en un tema crucial. Sobre todo, cuando se priorizan las decisiones inmediatas, simples, sin prospectiva, sensibilidad ni conciencia ambiental. Pero como hay expertos que saben mucho más de esa temática, me enfocaré en el ámbito de los emblemas y los símbolos, cúspide del pensamiento humano. No en vano, el refrán popular clama que antes de morir uno debe “tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol”, elementales formas de trascendencia.

Los árboles son fundamentales en el pensamiento mítico-religioso. En la mitología escandinava el Yggdrasil es la columna de la que se sostiene su olimpo septentrional. En el Jardín del Paraíso, el Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal se convirtió en el génesis mismo de la humanidad como tal; en el Getsemaní, es el Olivo el que se yergue al centro. En las historias paralelas y subterráneas de la Odisea, Penélope y Ulises habían construido su lecho nupcial bajo las ramas de un impreciso árbol frutal. En las culturas prehispánicas mesoamericanas, el simbolismo del axis mundis, como lo llama Mircea Eliade, va desde el Tamoanchan hasta la ceiba.

En la literatura, Pablo Neruda dedicó varios poemas en sus Odas elementales. Juana de Ibarburou le escribió a un álamo y Antonio Machado “A un olmo viejo” en su Duero natal. El caso del Nobel de Literatura Czeslaw Milosz es muy particular, pues dicen las malas lenguas que, al regresar a su pueblo en Lituania, 50 años después de haber salido de él, encontró un roble en particular y lo abrazó. Así de entrañable y simbólico era el regreso a casa. Tanto Machado como Milosz como la canción “Mi árbol y yo” de Alberto Cortez, implican el reconocimiento de un lugar cuya seña particular es alzarse por encima de unos metros del piso. En el ícono fílmico de los chicanos Sangre por sangre, de Taylor Hackford, se reconoce en un pino la zona este de Los Ángeles en que los grafitis estampan a la Virgen María o el mítico edén de Aztlán. El polaco Krystoff Kieslowski tiene una imagen semejante en La doble vida de Verónica.

¿Quién en su sano juicio dedicará algo de su amor más entrañable a la tienda departamental a la vuelta de la esquina, o a la miscelánea de dos equis y dos o? Paseo Tollocan no es sólo una vía, es uno de los símbolos de Toluca y su inasible y tormentosa identidad.

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