Para descubrir el mundo con música

Llevo unas semanas repitiendo en mi reproductor musical el disco Lamomali de Matthieu Chedid. La adicción musical es uno de esos vicios que nadie reprocha. El album es una joya y no paro de disfrutarla. ¡Esperen!,… rebobinemos. Trabajo en una estación de radio, pública y cultural. Y no sólo es un orgullo porque es de la universidad en la que yo estudié desde mi juventud (preparatoria, licenciatura, maestría), también lo es por el perfil de la música que programa. Soy el titular de, probablemente, el único programa de world music del Valle de Toluca. Más que envanecerme es un compromiso: dar a conocer el folclor más cercano a la vanguardia musical en el mundo implica criterio, buen juicio, buen gusto, curiosidad, entre otras tantas cosas que debemos tener los profesionales en todos los ámbitos laborales.

Hay varios puntos importantes de difusión de la música que representa de mejor manera el destino de la humanidad: la migración. Me refiero a las ciudades más cosmopolitas del mundo: Nueva York, Londres y París; en menor medida, Berlín y Roma. Los músicos, tanto de Londres como de París, de unas décadas para acá, han volteado a Mali como una fuente para saciar la curiosidad musical. Peter Gabriel, David Byrne, Damon Albarn, por citar a los británicos más famosos. En Francia, la cosas son distintas, por la sencilla razón de que Mali (como muchos otros países africanos: Argelia, Senegal, Costa de Marfil, Marruecos… estuvieron bajo el dominio o bajo algún protectorado del país galo). El hijo pródigo de la dinastía Mandinga, el mítico Salif Keita, además de su peculiar albinismo y de ser el heredero del reino, comandó una de las bandas más importantes para la comunidad africana en Francia: Les ambassadeurs.

El último en ir de viaje a Mali fue Matthieu Chedid. En Lamomali se va del folclor africano al beat, con trompetas funkeras, con un interludio épico y alentador en un sólo de violín, a los límites sublimes de los interpretes del que parece es el instrumento nacional: la kora, particularmente las de la dinastía Diabate. De pronto aparece la voz del viejo Louis Chedid cantando al coro, luego se aparecen las guitarras proclives al afroblues de Amadou et Mariam, luego la voz potente y demandante de Fatoumata Diawara. 

Matthieu Chedid, mejor conocido como -M-, fusiona su ya de por sí juguetona personalidad musical (transformista: de la chanson francesa, al funk, al pop a la composición para películas hasta esta fusión); no nos deja un sólo momento impasibles, de pronto nos llena de ritmos que incitan al baile y, súbitamente, cambia esa melodía para sucumbir a esa paciencia sublime de los grandes artistas: la devoción a la simplicidad. Además, sobre todo, confirma que no hay mejor lenguaje para confirmar que pertenecemos a una misma raza que la música, de la misma forma que proclama una fraternidad, melódica y sutil, en torno a la hospitalidad.

También los invito a mi blog.

Anuncio UAEM
Anuncio UAEM