La burda división de la izquierda mexicana

Por Rubén Islas
Desde Morena hasta los grupos radicales que creen en la dictadura del proletariado y la revolución violenta, pasando por el PRD, PT y anexas, la izquierda mexicana niega las profundas contradicciones económicas del actual capitalismo mundial, para pensar en un cristianismo trasnochado propio de Robin Hood: quitarles dinero a los ricos para darlo a los pobres.

Se pone sobre la mesa la esperanza de la unidad, pero no se usa la razón como guía del acuerdo. Las diversas izquierdas mexicanas no han sido capaces de entender que la derecha, sin utopizar la realidad, encontró y desarrolló a la perfección las reglas del sistema económico. La derecha no debate sobre sus cualidades éticas o sobre la pureza de espíritu de sus adeptos. La derecha ejerce el poder (social, económico y político), lo administra a su interés y conduce el devenir de una sociedad líquida, que muerde con placer las mercancías tecnológicas que le ofrecen Apple y Microsoft.

La pulverización de la izquierda en la práctica supera el deseo de unidad expresado en discursos huecos. Separados hasta que la derecha triunfe, al fin nos queda la heroica resistencia al fraude electoral.

La izquierda vive bajo el imperio del fundamentalismo. Una enfermedad que obnubila el entendimiento y barniza las condiciones materiales por las que México atraviesa. La racionalidad se perdió en la abulia conceptual.

Frente a la burda división de la izquierda, es indispensable entender la nueva realidad desde el conocimiento y la sabiduría heredada de la ilustración (la izquierda no ilustrada está condenada al fracaso). Es necesario dejar de lado el mundo de los mitos y las utopías; comprender la realidad desde una nueva teoría económica que nos muestre al Capital en su crudeza actual y nos revele una ruta objetiva que dé respuestas concretas y realistas a la exclusión, la competencia y la acumulación del capital tecnológico.

La izquierda mexicana es conservadora. Vive en los sueños del Che, las canciones de juglares de la isla tropical o en los cánticos andinos acompañados por quenas y charangos. Nunca entendió la importancia histórica de la revolución industrial; hizo de la igualdad su mito sin pensar en el trabajo y la generación de riqueza. Pensó en repartir sin producir.

La izquierda conservadora dice poner los principios por delante, aunque al final sólo queden los apóstoles del bien. No se trata de un movimiento político de gran envergadura, sino de un credo religioso de raíces místicas y franciscanas en el que hay fieles buenos y herejes perversos a los que hay que combatir. Como todo credo, la izquierda conservadora está llena de sectas y cismas, desde donde se califica a los impuros y se condena a los traidores. En su abono, es justo reconocer que esta tradición de quemar vivos a los impuros tiene su origen tanto en el marxismo militante como en el leninismo revolucionario.

Atrás quedó el análisis serio y el conocimiento pleno sobre la disputa entre clases, grupos de interés, organizaciones sociales y partidos, y la crítica certera al modo de producción, al sistema, al Capitalismo.

Vivimos en la etapa más pueril de la izquierda donde se niega importancia a la política real para transitar a la camorra de barrio llena de adjetivos y lugares comunes, cuyo propósito único es eludir la corrupción y la orfandad ideológica y así transitar la culpa de todos los males a su villano favorito: el neoliberalismo.

Hasta donde la fe nos dé, porque la razón está contra la utopía.

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