China, la sangre de un pueblo

Imagínense un pueblo en el que toda la población se enferma y se esparce una epidemia provocada por el tráfico de sangre. Un pueblo alegre, rozagante, lleno de albahaca en los callejones y perfumado por la misma. Un pueblo de china. Imagine luego que el culpable de la epidemia es su hijo. Esa es la premisa inicial de El sueño de la aldea Ding de Yan Lianke.

El pueblo se llama Ding, la epidemia es nada más ni nada menos que el SIDA y el protagonista: Ding Hui, es el siniestro, macabro y malévolo personaje que protagoniza, como símbolo del “lobo del hombre”, de la humanidad misma, esta novela. Su hijo es asesinado en las primera páginas (no, no es una #spoileralert) y desde la muerte narra las andanzas de su abuelo, Ding Shuiyang, el otrora hombre más respetado del pueblo. La novela es ficción pura, no existen ni han existido ninguno de los anteriores, pero como toda ficción, como todo libro, como todo el arte, “es una mentira que nos acerca a la verdad”. Pablo Picasso tenía toda la razón y la sigue teniendo). No podemos dejar de lado que, en China, la tradición implica que los ritos funerarios deben conservar el estatus social del fallecido, que los cónyuges se vuelven a unir después de muertos e, incluso, es posible la celebración de matrimonios póstumos entre muertos solteros. En el imaginario colectivo de China hay transacción de los bienes de los vivos a los muertos o al revés, es decir, los vivos proveen de bienes materiales a los muertos a cambio de protección y buena suerte. Bajo esa tradición, la novela de Lianke se convierte en, además de una denuncia, en una descripción de la ruptura misma de la tradición, pues el pueblo acaba vacío, no queda un sólo habitante vivo.

Yan Lianke fue rechazado por más de 20 editoriales para la publicación de esta novela, la alegría comunista es evidente. Además, la historia se basa en un hecho real en la provincia de Henan. En la edición Automática Editorial hay un epílogo del propio Lianke en torno a la devastación espiritual que lo provocó la escritura del libro, que, sumada al final brutalidad impactante del final, me llevó al borde del llanto. De impotencia, de asombro, de desasosiego. El libro es poéticamente estremecedor.

Lianke sufrió la persecución del régimen por su obra, incluyendo El sueño de la aldea Ding. Eso es suficiente publicidad para confirmar la calidad de su denuncia, implícita o explícita, categórica y frontal o simbólica. Junto con Liao Yiwu es uno de los autores que se refugian fuera de China y la evidencian.

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