Cinco pactos con el Diablo

A las doce de la noche se asoma el Diablo, dicen, y el umbral de las tinieblas se abre de par en par. Cualquier pobre diablo sabe que jugar con el Mismísimo no siempre es lo más inteligente; por ello, desde que éramos unos pequeños diablillos nos preparan en lo más profundo de nuestro inconsciente a temerle a la oscuridad ─la metáfora perfecta del temer a lo desconocido─. Sin embargo, la ciencia nacida con la era contemporánea ─con el bautismo del pienso, luego existo cartesiano─ nos ha hecho mandar al diablo esos temores metafísicos, que sólo vivimos en las orillas del abismo.

Hacer un pacto con el Diablo es comprar con sangre y alma el destino, no resignarnos a la sumisión-aceptación del “Dios dirá”, para tergiversarlo, para cambiar las riendas de mano, la ficción se ha permitido voltear el imán que une el cielo con el infierno. El personaje estereotípico que ejemplifica esa alternativa es Fausto. Esta figura mítica, enarbolada ya en nuestra educación emocional, fue ungida a través de la literatura, empezando por las historias panfletarias y cristianizantes del Medioevo alemán. El primer pacto con el Diablo es la versión isabelina de Christopher Marlowe, le sigue su versión española (qué otro pueblo podría estar más cercano al misticismo) sugerida en El burlador de Sevilla, pero el caso más importante es la majestuosa obra de Goethe. En cuarto y quinto lugar, aparecen las versiones ya disímiles y con su propio derrotero de Paul Valery y Thomas Mann. Se podría pensar los casos de los músicos que fueron signados con semejante pacto (Paganini, Tartini o Robert Johnson, de los que hablaremos en su momento).

En todos los casos, sabemos que Fausto es un personaje que, a instancia de su voraz ansiedad por aprehender el conocimiento, se descubre tan finito e insignificante ante la vastedad del mundo, que ofrece alma a los mensajeros del Diablo (casi todos llamados Mefistófeles) para regocijarse con el conocimiento del Mundo, muy en el sentido del Aleph borgiano. Conocer el mundo por dentro y por fuera, incluyendo lo Femenino: Margarita y Helena, la mujer griega que causó la fundacional guerra de Troya. Si Fausto pierde o recupera su alma, es lo de menos; su viaje y su simbolismo es lo que signa su vida, al igual que tratar al Diablo al tú por tú. Quién más podría estar a la altura de Dios sino el Diablo, el uno es la cara del otro en la misma moneda.

En el entendido que el alma es lo único que poseemos, el hecho faústico de intercambiar el alma al Rey de los Tinieblas se convierte en la mayor demostración de valentía, en la mayor demostración de convicción y en el primer acto mercantil que persiga el placer. A diferencia de Judas Iscariote, no se cumple ningún designio divino, sino el puro beneficio personal. Eso nos pasa a los humanos cuando ellos dos, Dios y el Diablo, se ponen a apostar sin avisarnos.

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