3 libros para asomarse al otro lado de la II Guerra Mundial

La Segunda Guerra Mundial nos dejó la más terrible de las experiencias: el Holocausto y sus campos de concentración y la bomba atómica. Las historias sobre el Holocausto son impactantes, éxitos y populares , debido quizá a fusión de morbo, devastación, crudeza y carisma que se conjuga con la importancia de jamás repetir semejante barbarie. Sin embargo, no es tan común leer ni encontrar historias (cine, música, novela gráfica) sobre los perdedores. En esta ocasión recomendaré tres libros sobre los perdedores, dos del lado alemán y uno, devastador, sobre los japoneses.

Thomas Bernhard hace una descripción devastadora de su infancia en Salzburgo en la noveleta El origen. El libro es una declaración de odio no sólo hacia la ciudad sino hacia su abolengo, su aristocracia musical (ahí brilló el niño genio: Mozart), su ascendencia nazi, pero sobre todo por la sombra de la devastación de un bombardeo: “mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal […] Para el que aprende o estudia, e intenta encontrar su orden y su derecho en esas ciudad y su construcción, y que en la época de los llamados Festivales es además famosas todos los años por el, así llamado, Gran Arte, esa ciudad no es pronto más que un museo de la muerte” (p.18). ¿Cómo pedirle optimismo a un realista, a quien ejerce con criterio, información, sensibilidad y energía el raciocinio? ¿Cómo pedirle alegría al derrotado, al que vive bajo los escombros del nazismo, para quien ha emergido del imperio del polvo? No cuento más porque hay un detonante, una anécdota familiar, trágica, que hace más aciaga la reflexión del escritor austriaco, quizá uno de los autores de culto del país más representativo de la cultura centroeuropea dela que habla Claudio Magris.

En un tono mucho más académico, en Sobre la historia natural de la destrucción W. G. Sebald reseña la derrota alemana, en una fusión de reportaje de fondo, crónica y relato de viaje la literatura de los autores (Böll, Arno, Kasack, y Alfred Andersch, el mayor entre los más famosos) que sobrevivieron. Sin misericordia al pasado nazi, Sebald recupera esos recuerdos dolorosos de los alemanes: 131 ciudades fueron bombardeados, murieron seiscientos mil civiles, más todos los soldados en todos los frentes abiertos por la ambición del Führer. Acompañado por imágenes recuperados por el reconocido docente de la Universidad de Norwich, este recuento apunta también hacia esa fusión de géneros que lo encumbraron en la multipremiada: Austerlitz

 

Pero el más estremecedor es Flores de verano de Tamiki Hara. En Japón surgió todo un género literario en torno a la devastación provocada por las bombas atómicas: genbaku bungaku (“literatura de la bomba), escrito por sobrevivientes de las mismas (hibakushas). Flores de verano es un ejemplo fácil de adquirir y con la contundencia de su propio contenido: “La gente afirmaba que el centro de la ciudad resultaría inhabitable durante setenta y cinco años; la gente afirmaba que aún quedaba al menos diez mil cadáveres sin identificar y que, cada noche, sus espíritus vagaban entre los escombros […] dos o tres días después de la bomba empezaron a verse peces muertos flotando en la superficie” (p 98). Desafortunadamente este libro está mucho más cerca de las memorias que de la ficción y nos abre las puertas para conocer esa visión de los vencidos de la mayor demostración de violencia en la historia de la humanidad. Y también nos deja la ventana abierta para asomarnos a historias, entrañables y estremecedoras a la vez, como la de la niña Sadako Sasaki y sus mil grullas o la del gingko biloba que renació en Hiroshima.

Los bombardeos de 6 y 9 de agosto, las detonaciones de Little Boy y Fat Man, nunca se nos olvidarán,

menos si leemos a Tamiki Hara.

 

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