La democracia no es la dictadura de las mayorías

Uno de los rasgos más perversos de la demagogia (democracia impura como decía Aristóteles) es la falacia de que las mayorías mandan, que son buenas per se y por tanto todo deba ser sometido al voto popular. Experiencia y razón (inteligencia) son factores esenciales de la vida humana. Relación dialéctica en la que la experiencia se vive desde la razón y la razón se alimenta de la experiencia. La experiencia nos ha enseñado que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos conocidos hasta ahora, la razón nos ordena poner límites a la regla hipotética de la democracia: la voluntad colectiva.

Las masas no piensan. Eso que se llama pensamiento colectivo no es más que la inducción de la conciencia individual a las determinaciones del poder y de quien lo ejerce. El ejemplo más evidente es la religión; ella se sustenta en la fe, esa entrega de la individualidad consciente e inteligente a un ser ficticio o a un mandato superior que no se cuestiona, se acepta y ya, se tiene fe. La razón y la experiencia no encuentran mejor espacio que el de la anulación que la fe.

La democracia impone reglas, sin ellas es demagogia. Regla primigenia de la democracia es el reconocimiento del individuo, sin ello no hay democracia. La masa debe transformarse de catarsis justiciera a comunidad civil, conjunto de individuos que asumen el compromiso de imponer controles al poder político. Las relaciones de poder no anulan las diferencias, sólo las conducen a partir de la correlación derecho subjetivo-deber jurídico. La ética de la comunidad política es el Derecho. Gobernar en democracia significa gobernar desde el individuo y para el individuo. El poder asume que el ser individual vale, porque es el individuo el que construye al poder colectivo. Así nacen los derechos humanos.

La libertad es el derecho madre, piedra angular del edificio democrático. Libertad de tránsito, libertad de expresión, libertad de reunión y especialmente libertad corporal. Frente a la libertad está la igualdad. En la igualdad el individuo se reconoce no sólo como entidad con voluntad autónoma, sino como parte de una colectividad con sentido de cooperación (fraternidad). Sin cooperación no hay posibilidad social alguna. La economía es cooperación, la cultura es cooperación, la política es cooperación. La vida de la polis es cooperación en la contradicción y por tanto desigualdad natural. La democracia es un acto cultural por el que se construyen espacios de igualdad para frenar los excesos de libertad, pero en donde la libertad frena los excesos de la igualdad. Derechos individuales vs derechos sociales.

Las mayorías legitiman su poder democrático cuando reconocen el sentido de la libertad y el de la igualdad en razón de la subsistencia del individuo y la colectividad. Así los derechos y las reglas constitutivas de la democracia, están por encima de la voluntad colectiva. El voto no manda, es sólo instrumento que hace posible la trasmisión del gobierno y el poder. No es poder ilimitado con facultades de anulación del individuo y de las reglas democráticas. El Siglo XX nos dejó la experiencia de la demagogia autoritaria, la de los dictadores legitimados en la voluntad popular y en el sueño de las dictaduras populares (la dictadura del proletariado y la raza superior) El Siglo XXI es el tiempo del reconocimiento del otro, del diferente, del distinto, de aquel que en la libertad y en la igualdad elogia su diferencia como virtud. Hoy las revoluciones son por el derecho a ser diferente, el de la diversidad. El reto político para la nueva República es entender la actual dinámica social a la que convoca la diversidad, romper con la vieja creencia de la uniformidad cultural y la felicidad unigénita. En México el reto es una bola de fuego que pocos saben cómo enfrentar. Por eso la realidad en la cual las personas deciden construir su vida amorosa y sus vínculos familiares no puede ser negada por la moral, la tradición, la religión, los votos de la masa o el derecho.

Las uniones de personas del mismo sexo son un hecho, con o sin matrimonio civil, negar este acto (que desde el 23 de julio de 1859, la Ley del Matrimonio Civil declaró en su artículo primero que: “El matrimonio es un contrato civil que se contrae lícita y válidamente ante autoridad civil”) no sólo va contra la razón y la experiencia, es en esencia una forma de discriminación. Por ello, les guste o no, a quienes siempre han puesto la tradición y sus prejuicios por delante de la libertad y la igualdad social (la derecha conservadora), el Matrimonio Universal es ya, por determinación de la Corte un derecho de todos, sin calificativo en razón de la orientación sexual, grupo étnico, religioso, ideológico o nacionalidad, cuyo único requisito es la mayoría de edad y el acuerdo de voluntades. Las nuevas relaciones amorosas y sexuales (formalizadas o no) no son de género, son entre personas mayores de edad que asumen la libertad y la igualdad como razones torales de la vida.

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