Las pérdidas inesperadas

“La vida es eso que nos pasa mientras estamos haciendo otros planes”, así cantó John Lennon en “Beautiful boy”. Ninguna frase de ninguna canción me ha parecido más cercana al mundo del día a día. Desde el presupuesto de nuestras quincenas, el trayecto “rápido” en el tránsito, hasta el funesto destino de cada uno de los seres vivos.

Según Darien Leader en su libro La moda negra. Duelo, melancolía y depresión, la sociedad moderna sufre un serio problema de depresión debido a que no padece, y por lo tanto no supera, el periodo de duelo “normal” de una pérdida. Justo como si tuviéramos que asumir la madurez sin haber pasado por la juventud; o expulsar una comida sin haberla digerido (metáfora que me parece mucho más certera). Es necesario, dice Leader, asumir el dolor, reflexionarlo, asumirlo, para purgarlo y, así, seguir adelante. Eso de la “pronta recuperación” es sólo un protocolo de cortesía, bien intencionado claro, pero no una orden categórica insoslayable. Mal hemos hecho por creernos a pie juntillas la retahíla de protocolos de superación: “el dolor es mental”, “tu puedes superarlo todo”, “levántate, suspira, sonríe y sigue adelante”, “caerse y levantarse, de eso se trata la vida”, ad nauseam. Si el fracaso es el eslabón más fuerte para el éxito es justo por convertirse en la estación en la cuál se reflexiona dónde estuvo el error, y se le soluciona. Somos nuestras heridas, como también somos nuestras cicatrices. Ambas nos definen y nos reflejan.

Hace unos días se retiró Juan Manuel Márquez del boxeo y falleción el caricaturista Eduardo del Río, Rius. (Gracias a uno de sus libros me volví ateo en mi temprana juventud, así que su obra fue trascendental en mí, sin duda). Ambos sucesos me pusieron triste, como aficionado y como lector. Ambas son pérdidas previsibles. Justo como sabemos que se acabará la quincena, un sexenio o la luz del sol que alumbra el día. Pero cuando la pérdida es próxima y familiar se pierde el habla, el sentido de la vida y la fe. Lo devastador es encontrarse no de frente, sin careta, con el golpe brutal de lo inesperado. Ahí es cuando el duelo es un abismo, que muchas veces necesita de profesionales. A la pérdida se le suma lo imprevisto. ¿Hay algo más contundente?

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