Reparar a los vivos

Hace unas semana se realizó una donación múltiple de órganos (hígado, riñones y córneas), por primera vez, en Guerrero. La madre de un niño de 11 años aceptó ceder los órganos de su hijo(a), fallecido(a) a causa de una malformación de las arterias y las venas del cerebro que le causaron muerte cerebral. Cinco infantes fueron receptores de los órganos, cinco niños y niñas en Hospitales del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (Issste) y del Instituto Mexicano del Seguro Social en Puebla y la Ciudad de México. Intento redactar de la manera más imparcial, pragmática, ecuánime y objetiva, como dictan los cánones del periodismo, pero releo el resumen de la noticia y me sigo estremeciendo. La situación no sólo real sino impactante: por el niño fallecido, por la actitud de la madre, por los niños receptores de los órganos, por las bendiciones de la ciencia, por los azares del destino…

Kafka decía “sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, para qué molestarnos en leerlo”. La francesa Maylis de Kerangal escribió en Reparar a los vivos uno de esos puñetazos, con los que uno resiente la quijada, el aliento, las fuerzas y el espíritu. La novela trata precisamente sobre la donación de órganos. Su prosa es afilada, rítmica, devastadora, con una investigación sobre todos los procesos médicos y burocráticos en Francia para un suceso de tal magnitud, urgencia e importancia. Recuerda por momentos los toques metafísicos, casi místicos que intentó plasmar Alejandro González Iñarritu en 21 gramos, que a mi gusto, se perdieron en su juego laberíntico de tomas, contra tomas, tiempos narrativos. Kerangal se apoya más en la viñetas (profundas, reflexivas, poéticas) que amplían el abanico de causas y efectos de la donación, más que en la tragedia de los protagonistas, como lo hizo el cineasta mexicano en la película.

Kerangal lo hace todo casi de manera cronológica, con muchas digresiones, que abonan en la intensidad con la que los protagonistas (los padres del fallecido, sus amigos y pareja, los médicos y los beneficiados) viven y sufren todas las etapas: el duelo, la confrontación, la resignación y la esperanza por parte de los padres; así como la devoción a la ciencia, la imparcialidad, la diplomacia del médico. No cuento más porque le quitaría sabor al libro. Y me pregunto si hay obras  de semejante calibre literario o periodístico (dado que me parece más probable una crónica que una novela) en los países hispanohablantes con respecto a esa temática. ¿Cuáles son las trabas, características, efectos, de casos como el que menciono al principio de esta columna?

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