¿Para qué leer?

Escribo este comentario mientras en el centro de Toluca se realiza la Feria Internacional del Libro del Estado de México. Es la época de las ferias de libros. Paralelamente, se realizan la FILUNI (que ya terminó), la de Pachuca, pronto viene la de Monterrey y todo se coronará con la FIL Guadalajara. Para mí son un deleite, dada mi terquedad de enfocarme en la literatura, pero también me pregunto cuál es la razón de enfocarse, exponer y potenciar tanto la literatura, en los libros, en la lectura. ¿Para qué leer?

¿Qué nos da la literatura que no nos den otras formas de expresión humana?, ¿qué hace de los libros esos artefactos tan peligrosos que no sólo los nazis los prohibieron y los quemaron?, ¿qué tiene de imponente la lectura con respecto a otras formas de aprendizaje?. Todas las anteriores son preguntas que gente mucho más inteligente, preparada y especializada que yo se han hecho y han respondido mejor. Pero, cuando mi hijo, mi alumno, un peatón cualquiera (como yo) me las inquiera, tendré qué responder.

Los libros, en cualquier de sus soportes, son la forma más simple de legar información, cualquiera que esta sea. Por eso se lee para aprender lo que nos tomaría miles de años aprender. Se lee para viajar a esos mundos que de otra manera no conoceríamos. Se lee para asimilar las experiencias de aquellos que sí las vivieron (sean estas la supervivencia a los campos de concentración, una guerra, una maternidad o un amor) o de aquellos que supieron comprenderlas y expresarlas de tal forma que nos las contagian, es decir, los autores de literatura. Se lee para hurgar y estrujar el pasado, entender el presente e intuir el futuro. Se lee para viajar a los infiernos que no querríamos vivir. Se lee para enamorarnos de quienes no podemos, no debemos o, simplemente, no conocemos. Se lee para convertir la confesión en catarsis. Se lee para divertirnos, para comprometernos, para sufrir y enrojecernos del coraje o humedecernos de placer. Se lee para confrontarse en los espejos de los demás y experimentar en cabeza ajena, en personaje ajeno, en vida ajena. Se lee para gozar, para no aburrirnos, para trascender nuestros errores.

Los libros son llaves. Hay que tener la paciencia y la asertividad para elegir la indicada para abrir la puerta indicada, valga la redundancia. Y, como decía Italo Calvino con respecto a los clásicos: siempre es mejor leer que no leer.

También (y por todo lo anterior) también los invito a mi blog

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