La intimidad de los cuartos cerrados

Cuando estaba en la preparatoria, a fines de los noventa, Toluca era una ciudad mucho más pequeña, con un círculo cultural casi doméstico, no más de tres complejos cinematográficos, uno que otro teatro institucional, básicamente nulas opciones alternativas o foros independientes, así como editoriales. Ello se acentuaba con la economía de un estudiante. Los libros que compraba eran ediciones de viejo, las siempre accesibles “Hojas murmurantes”, algunos libros de los años de gloria del Centro Toluqueño de Escritores y algunas ediciones de la UAEM con la Tinta de Alcatraz o algunas otras del grupo TunAstral. Ahí, entre los libros de viejo conseguí y leí hace más de quince años el que fuera Premio Universitario de Literatura: No sé cómo decírtelo pero creo que la gente lo sabe, de Blanca Aurora Mondragón.

Ahora todo ha cambiado y Toluca se está convirtiendo en la ciudad contigua a la Ciudad de México y también se sacude esa condición de rémora del gran monstruo urbano, para fusionarse poco a poco a él. En términos editoriales y literarios, la producción se ha ido diversificando. Lo que entonces era la producción local de literatura ahora ya tiene estudios académicos que la designan como el Sistema Literario Mexiquense. En contraste con la fuerza literaria, artística de ciudades mucho más carismáticas, pobladas y cálidas, como Tijuana, Guadalajara y Monterrey (en una de esas Oaxaca), la literatura mexiquense no tiene vértices tan definidos como las anteriormente señaladas y sí tiene ediciones tan categóricas como Summa de Días del Fondo Editorial del Estado de México. En dicha colección leí Lettrazul, la compilación antológica de la obra de Blanca Aurora Mondragón.

El cariño que le tengo a quien fuera en algún momento mi jefa, para convertirse luego en mi amiga, no me impide aseverar que la primera parte y la segunda parte –“La casa y otros espacios” y “Cotidiana”– son bastante irregulares y fluctúan entre el apunte, la entrada de diario, la viñeta y el relato. Por el contrario, el tercer segmento “Yo creo” es trepidante literatura en un tobogán. La intimidad, la sexualidad femenina, la entrega pasional, la condición de género, así como la “clase social”, son los temas que se enhebran con una prosa fluida, martillante, que recuerda el monólogo interior, casi histérico en su angustia, en su fuerza, con el nervio estirado como una cuerda floja por la que caminan los personajes. Intensa, vivaz y vibrante, no puede ser sino el reflejo de un compromiso con la pluma para revelar esa vitalidad femenina. Sin duda, en eso contexto y desde ese perfil, la obra de Blanca Aurora es también muy congruente con el paisaje espiritual del Valle de Toluca.

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