La rutina está hecha de pendientes

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

No sabes en dónde está tu desnudez o el hervor de mis ojos que te miran, en cada curva de mis letras que te narran una ventana sabe de la luz oculta tras la tela.

 

R.C. ha escrito en su cuaderno de notas personales que la comida no es lo que era antes, ha perdido el sabor y la forma, ya no puede presumirse que el plato es inocente, no, ahora el plato sabe lo que sirve y se ofrece como un distinguido caprichoso al que debe rendirse pleitesía. R.C. toma la lista de canciones que mencionan en la Rockola del bar, no escoge ninguna, la llena de monedas y espera a que un desprevenido decida la música que se escuchará durante el tiempo que pagan doce dólares, una por mes, la quinta la dedicará al hombre que en su nombre lleva cinco letras. R.C. desconoce la hora y la fecha en que nació la mujer que atiende detrás de la barra en el bar, toma su celular, ingresa a una tienda virtual en donde pueden comprarse flores y enviarse a domicilio. Pide que en la tarjeta se escriba, “La noche no puede contenernos, el día nos queda corto, hay que dar pasos hacia otro tiempo”, la promesa de venta en el sitio es entregar las flores en menos de tres horas. En tres horas volverá al bar y mirará la cara de asombro de la mujer, y la del novio que es quien atiende las mesas.

R.C. hizo un curso de dibujo, no fue la mejor en la clase, aun así, lo hace bien y cada cierto tiempo extrae del baúl del auto una caja con lápices y carboncillo, colores y papeles en blanco o tonos de color crema, va a alguna acera, se sienta en ella y empieza a dibujar a los transeúntes o a un edificio. Son tres horas antes de volver al bar. En la esquina hay un hombre sentado, no puede saber a qué se dedica, si espera a alguien o solo anuncia con su silencio el largo recorrido de su noche anterior. Toma el primer lápiz, comienza con los trazos a dar forma al cuerpo y el rostro, no en ese orden, en ninguno realmente, el papel se convierte en una pelota que cabe en el bolsillo de su saco. R.C. toma posesión de una concentración que le es facilitada cuando está dibujando, lo hace, cada trazo recorre las formas del hombre, las sombras de la calle que lo inundan y las luces atravesándolo. Es una hora, es una hora y treinta minutos, el hombre sigue ahí, el papel está cobijado por una imagen en la cual ella ha puesto las iniciales de su nombre, exactamente en el bolsillo de la camisa. Se levanta de la acera, limpia el polvo adherido al pantalón, camina por la calle y va hasta un local en donde venden bebidas frías.

Pide una botella de agua, compra unos limones y pone el zumo directamente en la botella, la bebe, ‘hace tiempo’, van dos horas y se aburre de la espera, sale a la calle, toma un taxi, va hasta la casa, apenas termina de ingresar busca el control remoto del televisor, lo enciende, pone un canal en donde pasan documentales sobre animales, alcanza a notar que están hablando de los hipopótamos. Le gustan estos animales, ocupados de ellos, de nadie más, ocupados en su supervivencia. R.C. se quita la ropa en el cuarto, se siente obligada a una vieja costumbre, primero los zapatos, luego el pantalón y las medias, después la blusa y el sostén, por último, los pantis. Hace un gesto con los brazos, una señal de victoria, el día se ha dado por vencido y deja paso a la noche. Hubiese querido ver la cara de la mujer y la del novio ante las flores. Busca el pijama, pantalón corto y blusa, nota una hebra que sale de la parte de atrás del pantalón, deja todo en la cama, va por unas tijeras, vuelve y corta la hebra. Se viste para dormir, es otra manera de vestirse, en la mañana para ir al trabajo, en la noche para ir hacia los sueños.

R.C. se pregunta cuántas palabras ha pronunciado en el día, le gustaría tener ese dato hoy, la misma curiosidad siente por los pasos dados, las personas con las cuales tuvo encuentros, quienes la vieron. La estadística del día poniendo números a todo. Esta mañana escuchó una canción, “{…} buscando cualquier rincón sin luz, agárrate de mi mano que tengo miedo del futuro {…}”, la voz de Ismael Serrano incrustada en los audífonos. Hay cuatro listas de reproducción en su celular, en la mañana escuchó la tercera, todas canciones en español, no son sus cantantes favoritos, son los que le gustan a alguno de sus amigos, es su manera de hablar con él, de encontrarlo a diario.

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