Lo que aprendí con el temblor

No viví el 85, no me tocó vivir toda la angustia, la solidaridad, ese trauma de parto de la sociedad civil mexicana (o su mayoría de edad como alguna vez lo mencionara Monsiváis). Pero la Historia sirve para tener siempre presente los sucesos que, si bien no presenciamos, dejan hondas heridas, cicatrices, aprendizajes y errores.  No viví el 85, tampoco el 2 de octubre, pero eso no significa que no puede aprenderse del pasado. Sin embargo, tengo que pararme desde esta cornisa endeble de la primera persona para aseverar lo que sí aprendí de este fatídico temblor del 19 de septiembre de 2017. Sé que, refugiado en la tranquilidad de las certezas (mi familia está bien, mi casa está bien, mi barrio está bien), puedo hacer un recuento y una reflexión en lugar de usar mis manos para levantar escombros. Así pues, aprendí que el abanico de posibilidades de ayuda es muy amplio, desde la donación hasta el voluntariado, desde la prudencia hasta el sacrificio, y que cada contexto tiene su utilidad, su prioridad y su pertinencia.

Aprendí que los simulacros son mucho más necesarios de lo que quisiéramos. Vivimos en una zona de alta intensidad sísmica, que confluye también con una zona de riesgos volcánicos e incidencia de lluvias en temporada de huracanes. Los simulacros deberían ser mucho más intensivos (en cuanto a desarrollo de protocolos, vertientes, destinos, consecuencias etcétera), extensivos y frecuentes, explicados por expertos itinerantes desde la educación elemental (como honores a la bandera, pues), pasando por las instancias laborales (públicas y privadas), así como en los espacios públicos (entiéndase con eso que los simulacros también deberían aplicar y explicar u orientar los comportamientos en parques, albergues y, sobre todo, en las calles, como voluntarios, damnificados, peatones y automovilistas).

Nunca antes se había hecho más latente, nunca tan abyecto, ese México-Rapiña que asaltó en los embotellamientos, que se ha apropiado de las donaciones y los víveres (en otras ocasiones, afortunadamente, todavía no ahora), ese México-Rapiña, que se hizo pasar por expertos en algo para robar a los incautos (todavía angustiados por el temblor y sus estremecedoras consecuencias), o que simplemente robó a su vecino mientras éste presenciaba las ruinas de su patrimonio. Ese México-Rapiña es el que ha llenado nuestra calles de miedo, como una causa directa a puro plomo o por mera indolencia o por siniestra complicidad. Descubrí, sin embargo, que el pueblo mexicano está mucho más unido de lo que parece, aunque sea la catástrofe el detonador de la solidaridad; que el sentido común está mucho más presente cuando las cosas van en serio y son importantes; que podemos dejar de hacernos los graciositos y enfocarnos en lo importante; que somos líderes, impetuosos, responsables, inteligentes, participativos, sacrificados. Ese es un México que lucha, brazo a brazo, mientras grita “¡Viva México!” o “¡sí se puede!” o canta el Cielito Lindo o guarda un silencio de asunción y esperanza cuando mira el puño levantado.

Aprendí también que tenemos todavía mucho que aprender: a valorar a nuestras fuerzas armadas con más mesura y muchas más aprecio, justicia y criterio; a valorar los buenos ejercicios y resultados periodísticos que, en circunstancias como estas, son cruciales para establecer y canalizar el ambiente social; a cimentar un trabajo civil que equilibre los esfuerzos institucionales; a realizar en el núcleo íntimo y familiar nuestros propios protocolos y esquemas de comportamiento. Escribo esto, desde el refugio de la certeza, insisto, 34 horas después del temblor y aún nos falta mucho por atestiguar: a los fariseos y oportunistas disminuidos frente a la patria misma, a México combatiendo los escombros y levantándose de las cenizas, con una sonrisa de sosiego y esperanza

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