La queja como estrategia

Un amigo asegura que el deporte nacional es quejarse. Generalizar es siempre un error, pero asoma algo de verdad, como las bromas. ¿Cuántas veces nos quejamos al día? ¿Hemos convertido la queja en un estado de ánimo? ¿Nos quejamos como válvula de escape para la frustración en un país como el nuestro, en el que parece que nada funciona como debería? ¿Cuántas veces nos quejamos al día? Justo por eso mismo me puse a pensar en este tema, no sin antes hacer peinado en lo que leo en las redes, periódicos y sites, lo que escucho a donde voy, en fin, afinando el oído por todos lados.

Es normal que la inconformidad se manifieste de una manera precisa y frontal. Es normal que alguna conducta, producto, comportamiento, resultado nos lleve a manifestarnos con una queja válida, congruente y justificada. Incluso precede la militancia de la protesta, de la iniciativa, de la propuesta… Sin embargo, la facilidad argumental ofrece la queja como un escudo para cualquier cosa. Las redes han evidenciado el poco nivel de debate, de juicio, de criterio, de raciocinio, en muchas temáticas.

La queja es una chapa que cierra la puerta, un hacha que corta cualquier diálogo, es decir, me quejo para no pensar, me quejo para no abrir el diálogo. El que se queja primero toma la ventaja en la dinámica sorda del argüende. Me quejo porque es la única forma conocida de expresar mi descontento (tenga o no razón de ello). La queja también es autoritaria, intransigente. Colinda con el reproche y la petulancia.

En contraste, el buen juicio proviene de la evaluación de causas y consecuencias, la imparcialidad hipotética de ponerse en los dos lados de la balanza; implica empatía, solidaridad y fidelidad. En los mejores casos congruencia entre lo que se dice, los que se hace y lo que se piensa. Claro, eso es mucho más complicado que quejarse.

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