El hábito de la traición

La traición “supone” una cobardía y una depravación detestable, decía el Barón de Holbach. Le pongo comillas a la frase del alemán porque creo que no es una suposición sino una confirmación. La traición es detestable porque proviene de alguien aliado, alguien a quien se le había confiado algo (una esperanza, cariño, devoción, etcétera). No por nada Dante puso a los traidores al fondo del embudo del infierno en su Divina Comedia.

Otro italiano renacentista como Petrarca lo podría afirmar: “Todo el mal que puede desplegarse en el mundo se esconde en un nido de traidores”. ¿Podría la Historia explicarse a partir de las traiciones? Justo esas reflexiones llegué después de una suerte de recuento, con distintas graduaciones, de los personajes que sufrieron y infligieron traición en nuestro imaginario occidental: Lucifer, Caín y Abel, Rómulo y Remo, Judas y Cristo, Bruto y Julio César, Los Aztecas y la Malinche o los Tlaxcaltecas, Macbeth, Efialtes, Pizarro y Almagro, sin contar las innumerables intrigas palaciegas de los reyes europeos y los jefes del Vaticano. No cabe duda de que es en la ficción (la literatura sobre todo) donde mejor se les retrata.

La traición puede tener una graduación muy sutil: la infidelidad, la falsía, la infamia, la deserción, la conjura, la negación, la hipocresía, la simulación, la delación. Esta última (el delator, el chivato) es la más penada en el crimen organizado; y, justo como lo decía Dante, es el escalón más denigrante para cualquiera.

Asumir que nos une más de lo que nos separa, como humanidad es probablemente el principio del malentendido. ¿De verdad somos tan civilizados como para convivir en armonía?, ¿no se ha comparado el amor con la guerra?, ¿acaso nuestra animalidad no espera un pequeño despiste para mostrar las garras y los colmillos? 

La intriga y la traición, sin lugar a dudas, venden bien. Y lo hacen porque todos nos vemos reflejados en ella, de alguna forma. La traición como la Historia implica la misma escritura de los vencedores y vencidos.

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