5 razones por las que amamos la música

Me cuesta trabajo encontrar una persona en mis pocos años de vida que reniega, que diga públicamente que no le gusta la música. Aborrecemos el ruido de los altavoces de las fiestas del vecino, odiamos el resonar de la enorme tuba (o sousafón) de la música de banda o los bajos estruendosos del reggaeton (o las letras de ambos), podremos maldecir o despreciar algún género o banda en específico, pero ¿habrá quien odie la música?

Si la respuesta es un no rotundo, entonces ¿por qué amamos la música?. La respuesta no es sencilla, pero me atreveré a proponer cinco razonamientos en torno a nuestra devoción a la música.

1. En primera instancia está esa réplica, casi cósmica, de nuestro palpitar en el ritmo. Escuchamos en las percusiones del miocardio en los grandes tambores (bongo, conga, etcétera), en los slaps del funk, en la sexta cuerda de la guitarra o en la cadencia del tololoche, como un recordatorio de que estamos vivos y palpitamos y vibramos. La música nos replica el corazón, y bailamos a merced de sus ritmos.

2. Ya sea por amor, despecho, patriotismo, devoción, amor supremo (como el que se tiene hacia los hijos o los padres), para invocar el sueño (como las canciones de cuna) o para protestar contra un régimen o sistema, la música se acompaña del canto y conjuga así el motor corporal (el corazón) con la entonación del raciocinio (el lenguaje) a través del canto. La música une el cuerpo con el pensamiento.

3. Gracias a esa entonación mística antes de que decapitarán a Santa Cecilia, la música fue considerada también un canal de comunicación místico con el Ser Supremo, en este caso el Dios católico, a través del cual podemos ligarnos y religarnos como si de una conexión directa se tratara. La música religiosa, los mantras y todas las vertientes de música religiosa pretenden conducir con su repetición el pensamiento a un trance sublime. La música abre las puertas de la fe

4. Los estudios científicos (desde distintos perfiles) dicen que hay mecanismos neuronales que se activan con la repetición de ciertas notas de esas pegajosas que no sabemos cómo ni cuándo de pronto nos estallan en la mente y las tarareamos todo el día. En inglés el término es el earworm o brainworm. Lo saben los mercadólogos (publicistas y políticos) con los mensajes “subliminales”, los jingles y los slogans, lo saben los productores y compositores musicales (sobre todos los de la música masiva, la popular). La música es hipnótica.

5. Y ya por último, la música es un pretexto para socializar, para establecer vínculos de identidad, para conformar esa cofradía de seguidores; bailar nos catapulta a llevar esos vínculos a niveles superiores, el éxtasis colectivo (casi tribal como en los raves) o el preludio erótico (como el tango o el danzón, por ponernos sofisticados y elegantes). La música nos une, cuerpo a cuerpo.

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