3 libros de cartas de grandes escritores mexicanos

Hoy todo es público con un click, o puede serlo con un poco de ayuda de los reyes de la informática y sus herramientas. Todos nuestros datos los hemos ofrecido en aras de “convivir” a la empresas que comandan las redes sociales y se enriquecen por ello. Vivimos la época de la transparencia y la presunción. Nadie quiere pasar desapercibido, por eso lo publicamos todo, aunque nada de lo que hagamos sea “extra”-ordinario.

Fountain pen on antique letters and empty sheet

Antes de la mensajería instantánea, antes de la liviandad de las selfies, antes de la facilidad con la internet nos conecta con cualquier lugar del mundo, la intimidad era nuestra. Teníamos un tesoro hoy lejano a las dinámicas con las que nos relacionamos: la intimidad, el secreto, la privacidad. Por eso el chisme tiene una adrenalina chispeante que enciende los pasillos con la fiebre de los rumores, porque el secreto es un tesoro y nada nos hace más ricos que exhibirlo, demostrar que tenemos algo que los demás no tienen. Así funcionan las fingidas sonrisas de cada una de las fotos selfies y así también funcionan nuestros lutos, en las redes.

En ese ámbito sagrado y místico del secreto y de la intimidad uno se abría, bajaba sus escudos y confesaba amores, pasiones, quejas. En ese círculo concéntrico al corazón se escribían cartas. Sobre todo de amor. Justamente esas son de las que hablaremos. El primer libro, el más poético, el más sublime, es el del fracaso en el cortejo de Gilberto Owen respecto a Clementina Otero: Me Muero de Sin Usted. Las cartas de uno de los poetas más crípticos y deslumbrantes del siglo XX mexicano son una serie de fuegos artificiales e insinuaciones de caballero de principios de siglo ante la dama, casi en tono del amor cortés medieval, adorada y endiosada, dentro del altar de una ventana enrejada o en el del balcón durante una serenata. Las cartas muestran a gran poeta (sí, con ese término) y a un fallido conquistador.

Las cartas de Juan Rulfo a Clara, quien se convertiría después en su esposa y madre de sus hijos, compiladas en Aires de colina, son también una delicia. El gran fabulador de los valle de Jalisco y las almas en pena se percibe mucho más cercano que el etéreo poeta sinaloense. Incluso, en las cartas podemos ver una curva de aprendizaje y evolución en la relación de ambos, así como en el propio Rulfo. Las puertas de la intimidad están abiertas y podemos ver por dentro los fervores y los temores del más importante e influyente escritor mexicano.

Desde un tono mucho más elemental, las cartas de Juan José Arreola a Sara, compiladas en Sara más amarás, me parecen las menos poéticas, literarias y emocionantes de las tres. Arreola implora mucha más reciprocidad a su afecto, incluso atención, respuesta. En el transcurso descubrimos algunas de las enfermedades que sufrió el más locuaz de los escritores canónicos, así como su cercanía con su padre, su viaje a parís y las penurias económicas. Me queda claro que no se puede ser extraordinario siempre, pero eso es siempre lo que esperamos de nuestros héroes. 

Hoy las cartas ya no se escriben, ni se mandan por correo, a lo mucho postales navideñas o turísticas. Así es el Tiempo, transforma todo y lo llena de polvo hasta sepultarlo.

 

También los invito a mi blog

PD. Octavio Paz tiene más de tres tomos (aunque en el ámbito intelectual-laboral-amistoso, más que en el estrictamente amoroso) que valen la pena una posterior columna solo dedicada a ellos. Y las de Carlos Fuentes no se han publicado en México aún, que yo sepa, pues siguen bajo el resguardo de la Universidad de Princeton.

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