El delirio de la censura

Antes que diálogo, la censura es un manotazo fuerte, casi una cachetada. Censuro lo que no quiero que conozcan los demás, ya sea porque va en mi contra o en la de lo que pienso. ¿Censurar ayuda de algo? Censuramos porque nos consideramos una autoridad, real, factual o  así nos asumimos; y como autoridad (personal o colectiva) podemos hacerlo. Es definitivo que hay cosas que no podemos permitir, como la pornografía infantil y la trata de personas, por lo que toda actividad que la promueva es censurable. Y no sólo eso, el mínimo ápice de juicio y moral, nos debería llamar a juzgarlo con la mayor severidad.

Pero, ¿qué pasa cuando hablamos del mundo de la ficción y el arte? La historia de la censura bien podría ser una historia del pensamiento, y en menor medida, una historia del arte. Se ha censurado todo: los órganos genitales de las esculturas griegas, cualquier cantidad de libros “nocivos” para el pensamiento (y la institución que ostentaba el poder en turno), se ha quemado esos libros. Le aventaron sillas a la primera interpretación de La Consagración de la primavera de Stravinsky. Se censuró La Maja desnuda de Goya, la Olimpia de Manet con un alarido que casi provocó un linchamiento público, pero nada supera la censura que ha provocado El origen del mundo de G. Courbet. O la literatura erótica del Marqués de Sade, Bataille, la Lolita de Nabokov, sin meternos a explicar todos los libros que, por cuestiones políticas, han sido censurados en la historia de la humanidad.

Hace unas semanas la editorial francesa más importante, Gallimard, tuvo que retirar su proyecto de editar un libro de Céline. Definitivamente Céline era antisemita, ¿merece la censura justamente un año después de que se reeditó Mein Kampf de Hitler, con una edición que refuta toda la propaganda del Fuhrer?

Nuestra actualidad evoca una sobredosis de corrección política que se acerca a la censura ejercida desde el autoritarismo y la sordera. Hace unos años los “algoritmos” de Facebook censuraron, con la sensibilidad artística y el criterio de la inteligencia artificial, de nuevo el cuadro de Courbet, muchas fotos del movimiento #FreeTheNipple, entre otras tantas cosas más. Hace unos días se revivió el debate en torno a qué debe censurarse o no, a partir de un performance en la Galería de Arte de Manchester en el que se retiró un cuadro de unas ninfas victorianas, lo cual avivó el debate justo en el apogeo del movimiento #MeToo. Esta nueva sensibilidad es el caldo de cultivo también para censurar una exposición de Balthus.

Es cierto que estamos en una época en la que podemos replantearnos muchos de los prototipos y estereotipos, de nuestras estructuras de pensamiento y de consumo; sí, es un tiempo de pensar mucho cómo nos vamos a proyectar como humanidad a futuro, y eso implica pensar también, si vamos a censurar la censura, si vamos a tolerar lo intolerable, no  para no herir susceptibilidades en las hogueras de las redes sociales tan proclives al linchamiento, la sordera y la higiene mental de lo “políticamente correcto”.a


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