La Radio, el amor a la palabra

La literatura siempre se ha nutrido de todas las artes y de todos los temas. ¿Por qué no habría también de saciarse del espíritu con el que la magia de la radio ha sacudido a millones de radioescuchas un ligero tremor de suspenso? De todos los medios de comunicación, la radio es la más benévola, la más incluyente y las más plástica, justamente por eso ha podido migrar con mucha mayor facilidad que otros medios de comunicación a los espacios producidos por la Internet. Se le ha sumado, felizmente, la imagen de video y el streaming sin quebrar la columna vertebral de la radio: contenido (información —incluyendo la deportiva, la cultural y la del chismorreo—, investigación, producción, campañas específicas), música y silencio. Si alguna vez el silencio nos vulnera con su desnudez, con esa sensación de soledad, la radio es el bálsamo más sutil. Y justamente ahí es donde quiero empezar esta relatoría de vínculos de la radio con la literatura.

La inmediatez y la relativamente sencilla tecnología que implica la radiodifusión le permitió con facilidad convertirse en una compañía en la casa, el trabajo y los viajes. La primera transmisión desde la Brant Rock Station en 1906 no sólo se escuchó la voz De Reginald Aubrey Fessenden leyendo la Bliblia en Massachusetts, sino también en alta mar, lo cual también funciona como símbolo de la extensión y la influencia a la que llega las ondas hertzianas. No extraña que haya sido la radio el ámbito en el que la historia de la comunicación (lo digo y lo pienso desde la historia de las mentalidades) y la psicología de masas haya tenido uno de los más grandes hitos: el pánico provocado en la gran Manzana por Orson Welles adaptando la novela de ciencia ficción La guerra de los mundos de HG Wells el 30 de octubre de 1938.

En el Caribe el caso más llamativo es la retahíla verbal, como una cascada en el vendaval, con que un locutor de radio inunda a La guaracha del Macho Camacho, del boricua Luis Rafael Sánchez, una novela que debería estar dentro del canón del Boom latinoamericano de García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y Cortázar. En México, Manuel Maples Arce hizo su homenaje en el poema T.S.H. En la adaptación cinematográfica de Pantaleón y las visitadoras del peruano Vargas Llosa, el locutor El Sinchi se estereotipó como un prototipo del periodista-locutor vendido, un profesional del chayote y la payola. La escritora cubana Nersys Felipe empezó su carrera haciendo guiones para después romper la frontera del micrófono y ganar varios premios tan importantes como el Casa de las Américas. En 2007 el peruano norteamericano Daniel Alarcón publicó su novela Lost City Radio, en la que la protagonista, una locutora de radio, sirve de conexión entre los refugiados de la guerra civil que derivó en un sistema autoritario que suprimió las lenguas indígenas (tan vivas en nuestra América Latina) con sus familias, residentes en las ciudades ahora renombradas con números. El mensaje es muy evidente, la palabra (y lo que ella evoca en pensamiento, historia e identidad), es decir, el lenguaje es nuestro vínculo con los demás, y en la radio muchas veces es la sola la palabra la que nos mantiene extasiados del otro lado de la bocina, pendientes de un hilo: las ondas. 

En cuanto a la lista de escritores que han participado en la radio, podríamos no terminar. Baste sólo con citar al magnífico Fernando del Paso en la BBC, o el joven Álvaro Mutis antes de entrar en el mundo del cine. O seguir con Tomás Mojarro, German Dehesa, Sandra Lorenzano, Rowena Bali y un largo etcéteraLa literatura y la radio siempre han tenido una buena relación, desde los autores hasta las radionovelas. Un matrimonio que difícilmente pedirá el divorcio.

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