Yo no quiero aprenderme tu nombre, yo quiero decirte, Bonita

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

La palabra beso lleva otras implícitas en ella, por ejemplo, boca, susurro, lengua, promesa, humedad, roce, labio, afecto, reverencia, temblor, memoria, aliento, caricia, juramento, entrega.

La mujer que me gusta aprecia el sabor del dulce, con prudencia apetece el chocolate y se controla dignamente ante la provocación que le produce en la boca saborearlos y quedarse con ese gusto suave en la lengua. Ella camina sobre zapatos altos y respira delicadamente la brisa porque sabe que en la transparencia del aire se recogen el aroma de los panes recién salidos del horno en la panadería, el de las frutas madurándose en el árbol, el de la sal marina salpicada por las olas.

La mujer que me gusta sonríe con la sabiduría de los relojes antiguos, sabe que tras ese gesto de alegría el tiempo se detiene y todo vuelve a comenzarse con más entusiasmo. Ella acompaña ese gesto amable con la mirada abierta extendida desde el color oscuro de sus ojos y hace una reverencia cerrando los párpados cuando traza una línea entre sus labios para dar por cerrada la eucaristía en su sonrisa.

La mujer que me gusta no sabe que sus manos abiertas dejan descubiertas las líneas de la palma y mis ojos de oráculo las miran para encontrar el instante en que estarán las mías en ellas. Ella mira sus palmas abiertas y no sabe que en ellas puede encontrarme, aun así, sin ese conocimiento a veces siente una ausencia que le pone mi nombre en su memoria.

La mujer que me gusta pasa de palabra en palabra sobre ramas de un lenguaje que nos junta, ya es un gran avance que hablemos el mismo idioma, sí, este que uso yo para escribirle y que ella usa bien para leerme.

La mujer que me gusta es una mujer que cabe sin esfuerzo en mis ojos, entra sin que le hagan falta los atajos, cruza festiva expresando la alegría que es ser ella misma. Se cuela con ventaja en mis oídos y siendo su voz un bosque de palabras y sonidos pongo toda la atención para escucharla. Es en el silencio el mismo bosque, sin ninguna distancia deja en la prontitud del movimiento de sus labios el espacio para apreciar de nuevo los acentos o para mantener el fluir del sin sonido en el aire.

La mujer que me gusta lleva todo el tiempo una puerta en sus ojos, su parpadeo es para abrirla y dar paso a quien cae en sus pupilas. Al abrir la puerta da paso a un camino que solo lleva al corazón de quien la mira, por eso estoy aquí viéndola desde mi corazón abierto a mi mirada.

La mujer que me gusta se acomoda sin previo aviso en mi deseo y pone a circular imágenes de su cuerpo en mi memoria.

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