Editorial Arlequín, una perla de Guadalajara

Guadalajara es, después de la Ciudad de México (cinco siglos de centralismo son difíciles de sobrellevar, sin pecado ni penitencia), la ciudad más importante en términos culturales y literarios. Se le han sumado en episodios y lapsos Monterrey, Xalapa, Puebla y, últimamente, Tijuana, Oaxaca y Morelia. Es Guadalajara no sólo la perla de Occidente sino también un oasis entre los páramos en llamas que tanto evocó Juan Rulfo.

Guadalajara tiene un mercado editorial importante, que incluye editoriales independientes. Es cierto que esas editoriales no están tan consolidadas como la chilango-española Sexto Piso o la oaxaqueña Almadía, pero no por ello dejan de dar un paso al frente. Pienso en dos casos Mantis Editores y Editorial Arlequín. Ésta última cumple 24 años, así que le dedico estas palabras

Sin olvidarse de los clásicos, como la última edición de Tom Sawyer de Mark Twain o de esa puntual (y excesivamente laboriosa) traducción del Ulysses de Joyce, Arlequín mira hacia las raíces históricas y literarias de su ciudad. Con los aportes de Aristarco Regalado Pinedo se asoma a la historia de la ciudad sin olvidarse de los vestigios históricos, literariamente hablando, con Zapotlán de Guillermo Jiménez. También abre puertas a autores que no conoceríamos sin sus ediciones, como la legión eslovena (Modja Kumerdejc, Jani Virk, Susana Tratnik, el poeta casi místico Ales Steger,  Dusan Sarotar), el ácido Arcadi Averchenko, la sublime poesía de Jorge Boccanera, la obra de José Luis Peixoto, el ya conocido Panait Istrati, así como la guapa colombiana Margarita García Robayo.

A pesar de lo difícil que es publicar literatura en un país que lee muy poco como lo es el nuestro, Arlequín también se atreve a hacerlo con géneros poco comerciales (como aforismos, microrelato, cuentos, poesía, teatro). Pero lo hace con muy buen sentido, por  ejemplo, los aforismos de Marco Ángel Lara un egresado de East Anglia University cuyo programa de escritura creativa tuvo al ahora Premio Nobel Kazuo Ishiguro, al grandioso Sebald, o a Tracy Chevalier.

No es complicado arriesgarme a decir que es un oasis (por las razones anteriores) y que les deseo larga vida y mucha mayor proyección

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