El Barrio, la patria pequeña

“Podrás salir del barrio, pero el barrio nunca saldrá de ti” no sólo es un nuevo refrán, es también una condición de clase. No es que me ponga romántico y grite a los cuatro vientos que el pueblo, el barrio o la colonia son un paraíso, ni que comparta la hoguera de vanidades tiznada por las flamígeras lenguas viperinas, es decir, los chismes que convierten “el pueblo chico en infierno grande”. A estas alturas de la Humanidad la reputación es cada vez más importante, gracias a la hiperventilación de nuestros humores en las redes sociales, para bien o para mal y no hay vuelta atrás.

En el “barrio” también hay un arraigo que convoca a la familiaridad, que me ha quedado revelado ahora que el barrio tiene menos festejos que funerales. Antes nos convocaban las posadas y las retas en las canchas, o en su defecto las chelas banqueteras (deleite de estudiantes y vecinos); ahora lo hacen los sepelios. Hace unos días falleció una vecina. No sólo la recuerdo desde mi más temprana infancia, con toda su estridente y claridosa forma de ser, como buena norteña, también la recuerdo, más recientemente, apapachando a mi hijo. El barrio también es familia. En esa familia de mil cabezas, las madres promovieron la creación del kinder, la escuela primaria y la secundaria de mi colonia, ahora casi cincuentenaria, donde todos nos conocíamos y donde todavía nos reconocemos, a pesar de quienes se han ido y de quienes han llegado. Las metas comunes son puentes. Y así lo han confirmado muchos colectivos vecinales, incluso artísticos, como el legendario Tepito Arte Acá

Eso contrasta con toda esa “construcción de la paranoia” de la que habla el crítico Steven Flusty. No sólo por aburguesamiento (con la debida dosis de violencia simbólica y clasista) sino por seguridad se pusieron de moda los “espacios interdictorios” o “espacios prohibitivos”, es decir, lugares cercados para que la gente común y corriente (nosotros los peatones) no podamos acceder. Privadas, les decimos en un marginante afán de “modernizar” la ciudad, aunque en realidad sean cápsulas porosas dentro de las ciudades. En la ola de violencia de nuestro país se ha confirmado que hasta en las colonias y privadas más exclusivas hay nidos de ratas.

Hemos, pues, levantado muros para salirnos del barrio, para evitarlo, para excluirnos de él. El espacio civil es público, y lo público es político, lo sabemos. Sin embargo, lo privado y lo íntimo también es político (la vida sexual, la salud, el consumo), como lo es la reputación. ¿De qué sirven los muros? De nada. Estamos indefensos ante el Tiempo, y conforme crecemos se nos hace más evidente nuestra vulnerabilidad. Los muros, los márgenes  también se van a desvanecer y nos van a dejar en el mismo lugar a todos. 

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