Dime con quién te juntas…

El que con lobos anda, sabe más de la luna llena y de jaurías. En la vida, y en la literatura, hay una serie de personajes que se identifican entre sí y que se han denominado a sí mismos “cofradías”, “sectas” o “castas”. Muchas de las veces, ni ellos mismos saben que tienen esas conexiones conductuales que pueden extenderse hasta un modus vivendi.

En la vida, la historia le ha dejado ese papel a los masones, herederos de las ligas pitagóricas y la secta de los esenios, que presumen milenios de existencia y un reconocimiento silencioso en gestos y señales. En otro sentido, los haššāšīn eran una secta adicta al hachís que se inmolaban con tal de detener a sus enemigos cruzados, allá por el siglo XII. William Burroughs dice que los heroinómanos se reconocen por cierta gestualidad y movimientos específicos; lo mismo se decía de los homosexuales, cuando la oscuridad y el sigilo del closet era su refugio. Quizá por eso es que el siempre paródico y burlón Chuck Palahniuck hace lo mismo con su Club de la pelea. Carlos Velázquez también hace una cofradía de adictos en El pericazo sarniento. Selfie con coca.

En la literatura, podemos mencionar a los “poeta malditos”, escritores al borde del delirio y el hartazgo, que hacen de sus vidas una verdadera obra de arte difícilmente aceptable en los parámetros de las buenas conciencias. Si hubiera una dinastía que le sucediera en el trono de los excesos, esos serían todos los músicos de El Club de los 27 y afines, sus nietos: Robert Johnson, Brian Jones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain, Amy Winehouse…

En los anales de Mogador, Alberto Ruy Sánchez narra sobre la casta de Los Sonámbulos, una suerte de genealogía teñida de misticismo y sensualidad que vive para el deseo erótico y que hace del placer una religión subterránea. Enrique Vila Matas, en Historia abreviada de la literatura portátil, relata la historia de una asociación secreta cuyos integrantes se correspondía con las acciones irreverentes pero esencialmente artísticas del Tristam Shandy de Laurence Stern. Estos shandy eran Paul Valery, Marcel Duchamp, Walter Benjamin, Paul Morand, Tristan Tzara, César Vallejo, Salvador Dalí, Witold Gombrowicz, Federico García Lorca y Aleister Crowley…

Sumado a ellos podríamos añadir a los surrealistas, y antes, a los románticos del siglo  XVIII y XIX, los alquimistas… Es cierto que a veces hay espíritus afines, pero tampoco podemos negar que pertenecer nos da identidad, así como tener el tatuaje de una clica, de un pensamiento o de una forma de ser…

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