En la sombra del gato una luz me sigue

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

El gato de la mujer que me gusta se abalanza sobre la sombra de mi cuerpo, y tras la corta lucha no insiste, deja a mi sombra tranquila y se encumbra en el sofá. Ella sonríe un poco, me ofrece café, siente un cosquilleo cuando la miro al escote, no se ofusca por ello, vuelve a sonreír y se sienta a mi lado. La sombra cambia de forma y se dispone en posición de alerta ante cualquier ataque. Yo, después del tercer sorbo de la taza sé que ella ha olvidado el brasier y no está preocupada en manera alguna porque yo tras cada punto seguido en mi conversación le miro extensamente la punta de los senos.

La mujer que me gusta pone en su mesa un atado de legumbres, en el plato expone los colores de las frutas, y surte de agua las formas cilíndricas para completar de ese modo su alimento. Extiende en su mano un instrumento con el que corta, usa en el extremo de su mano otro instrumento con el que junta y recoge antes de elevarlo y poner en su boca el alimento. Hace un gesto, resuelve formas en el aire con el movimiento de sus brazos, lleva en las líneas de su cara un atlas con la geografía de su risa y los trazos en sus ojos. Ella conoce lugares invisibles en el aire, los visita al emprender viajes transparentes desde sus ojos, concede parpadeos y respira, dobla el codo, estira el brazo, rompe las velas ocultas a los otros y vuelve a las legumbres, el agua y las frutas en la mesa.

El gato maúlla junto a la cama, ella da un giro y antes de poner un pie sobre el piso me dice algo sobre el horario de la comida. Yo veo a mi sombra seguirla, el gato en posición de ataque continúa persiguiéndola, han acordado la pelea. Yo veo los lunares en la espalda de la mujer que me gusta, los cuento, eso hace el gato, eso hace la sombra, para ellos son lunas atestiguando el asedio del uno con el otro.

Ella hace todo lo posible por escuchar la música con audífonos, no comparte sus sonidos con quienes estén a su lado, eso hacemos esta noche, ella con sus audífonos escuchando canciones de uno de sus grupos favoritos, yo dejando que el acento de su gusto por mis caricias fueran el centro de mis oídos. Tras la opacidad de la noche, mi sombra sana las heridas con las que la luz y el gato la han agrietado. Remienda, zurce, pone retazos, plancha su piel hasta sentirse lisa sin arruga alguna, dispuesta al movimiento que la lleve nuevamente a ver sus heridas atravesadas por la luz del día.

Ella sabe que no debemos llegar tarde a la oficina, su gato nos despierta a tiempo, yo miro a mi alrededor, no encuentro mi sombra, detrás del maullido entiendo que me dice, ven esta noche por ella.

El gato de la mujer que me gusta sabe que no volveré por mi sombra; la mujer que me gusta ha dispuesto llegar cada noche a mi casa. El gato encuentra sus propios lugares en ella, mi sombra no se afana por nada, sabe que ante la luz de la mujer que me gusta, yo llevo dentro luz y sombra.

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