Fragmentos para narrar mi apartamento

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

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Si el muchacho en el parqueadero sigue besando y acariciando a su novia de ese modo va a quitarle las pecas que sobresalen en su piel. Llamo a la portería, digo que hay unos muchachos a punto de pelearse, desde la ventana espero a que lleguen los de vigilancia, lo hacen rápido, el muchacho abandona los besos, la muchacha le habla, el vigilante les pregunta algo que no puedo escuchar, los muchachos le reclaman, yo sigo observándolos hasta cuando veo salir a la vecina, la madre del muchacho, le gusta la pelea, empieza a discutir, el vigilante dice la verdad, muestra la ventana del apartamento, está oscuro, ella grita algo, yo me quedo estático, la señora decide subir, mientras ella sube, salgo, me alejo a una distancia desde donde puedo verla, cuando ella está timbrando, llego, la saludo, me reclama, le digo que acabo de llegar, no comprendo, me explica, le explico, estoy llegando apenas, no pude ser yo, se lo he dicho muchas veces, vivo solo, si quiere puede seguir a confirmarlo.

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La vecina pasa al apartamento, lleva café para los dos, yo pongo las tazas, no hace falta azúcar, nos sentamos en el sofá, después de un rato me dice, la mayor parte del todo es la nada, y cuanto vacío me deja, ves, uno se va muriendo cada instante, mírame ahora, he muerto para la noche que anoche me paría silenciosa, esta es otra noche y mañana se va a morir. La vecina termina su café y me pregunta, ¿la amabas? Sin saber a quién se refiere respondo sí. Nos quedamos mirándonos un rato, le pregunto, ¿a quién te referías?, me dice, no sé, pregunté para iniciar una nueva conversación, y yo le digo, respondí que sí, pero la verdad no sé a quién.

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La vecina no comprende aún cómo leo las líneas de su mano, cuando empiezo a leerle lo que dicen, ella empieza a ver que las estiro como hilos y voy recorriendo palabra tras palabra hasta que la voz para la noche le es revelada, a veces reclama haciéndome saber que le duele y yo le respondo, no, el hilo de las manos está lleno de infinitos y no se rompe.

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La vecina me pregunta, ¿qué estás pensando? Y le respondo, en el aroma del café entre tus piernas, ella pone rostro de sorpresa, entiendo que quiere amplíe mi respuesta, y con un poco de bochorno en el rostro le digo, sí, caliente y tibio un instante, lleno de aroma en ese mismo momento, capaz de robarme el sueño, y dispuesto para darse en lo íntimo. Se despide enojada. Un rato después llama y me dice, además deja de escribir en Internet todo lo que hacemos, ahora me han llamado un par de amigos a tomar café a su casa.

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El teléfono suena, es la vecina, no está enojada, se ríe de lo que le han dicho sus amigos, ahora está invitada a tomar café en muchas casas de solteros, se pone seria, quiere saber a quién le dejaré mi fortuna, río un poco, ella lo nota, me dice en serio que quiere saber qué le dejaré si muero, le respondo igual de serio, lo dejaré todo, todo el tiempo, toma el que quieras. Cuelga el teléfono, unos minutos después toca en la puerta, le digo, te dejaré todos los libros cuyo título empiecen por la letra de tu nombre.

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La vecina me dice, ¿De verdad, en quien pensabas cuando dijiste, la amo? Y se me nota en la sonrisa, entonces me da un abrazo y me confiesa, yo también quiero que ella te ame igual.

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