Cinco textos sobre la pereza

Eres lo que produces, lo que vendes, lo que generas. Difícilmente podremos cambiar este nuevo mantra en el que nos tocó vivir. Vivimos en una sociedad condenada a la hiperproducción, obsesionada con la exigencia, el consumo y la velocidad; pensar en la sobrevivencia de la cigarra (sí, esa que se burlaba de las hormigas en la fábula) es como un sueño guajiro. Por el contrario, es más probable que la devoción, el orgullo y la presunción sea salir más tarde del trabajo, aumentar la productividad y ahorrar hasta en lo más mínimo.

México es el país en el que más horas anuales se trabaja (2255), según datos de la OCDE, además 30% de esos trabajos labora más de 50 horas a la semana. Alemania (el que menos trabaja: 1363) produce aproximadamente el doble de nuestro país, a pesar de que laboran 892 horas menos. El índice promedio de productividad de los países miembros de la OCDE es de 50/100, México es el último lugar con 20/100. Todo esto se corona con los salarios: el promedio anual para los miembros de la OCDE es de 44´300 USD, en México se percibe 15,300 USD. Trabajamos mucho, producimos poco y ganamos poco. Así de lejos y con la frialdad de los números, parece una ecuación sencilla.

Si los románticos habían engrandecido el espíritu libre de la cigarra, sabían de ese influjo poderoso en el cuerpo que dominaba a los melancólicos y que en su grado extremo se llamaba abulia. El mismo Dante ya había hecho una separación bastante tenaz en uno de sus círculos del Infierno. La literatura, como siempre, nos abre espacios inesperados. Por ejemplo, en los epígonos de la Revolución Industrial, el escritor ruso Ivan Goncharov concibe a su personaje Oblómov, quien vive su vida únicamente acostado en su cuarto, pretendiendo evitar cualquier problema, obligación o propuesta más allá de sus cuatro paredes. La crítica original iba en contra de la aristocracia rusa, pues, un pobre moriría de inanición en ese contexto. 

En ese mismo banco de descanso encontramos al siempre dispuesto, Bartleby de Herman Melville, quien responde “Preferiría no hacerlo” a todo solicitud laboral de su jefe. En Mersault, el protagonista de El extranjero, novela del nobel francés argelino Albert Camus, así como en los personajes del cuento homónimo de El muro y el protagonista de La nausea, ambos de Jean Paul Sartre, podemos encontrar indicios de ese existencialismo nihilista, que bien puede parecerse a la abulia medieval, aunque roza con la depresión y la crisis profunda de todo un mundo. Si nos queremos poner marxistas de cepa, el yerno de Karl Marx escribió un libelo que se entiende en el contexto del siglo XIX y hoy por hoy es simplemente anacrónico pero no por ello deja de ser un testimonio de la historia del pensamiento: El derecho a la pereza.

No está nunca de más incitar a la ecuanimidad, al justo medio, así que “ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre”. El trabajo es una bendición a la que le corresponde la sacralidad de un salario en proporción directamente proporcional. En todos los ámbitos, nadie debe trabajar gratis ni mendigar su oficio, saber o pericia. El trabajo dignifica, y entre más digno sea el mismo, más resultados dará si se corresponde con el descanso humanamente necesario.

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