El horror que nunca olvidaremos

La violencia definió siglo XX. Lo hizo de una manera brutal y ensordecedora, prácticamente durante todo el siglo. Y la punta del iceberg fueron los campos de concentración nazis. Sin embargo, no fueron los únicos. También estuvieron los gulags stalinistas y todos los encierros de las dictaduras (y vaya que hubo muchas en Latinoamérica, el sureste de Asia, Africa…). La violencia sistematizada salió de los ámbitos institucionalizados de los gobiernos represores para multiplicarse de formas casi inimaginables en el crimen organizado (quizá igual de terrible que los nazis), DNtbSZKWAAATe4Ydesde los grupos fundamentalistas, pasando por el terrible poder del narco hasta los impensables alcances del terrorismo. Cada vez parece más difícil encontrar un ámbito natural al ser humano que prescinda de la violencia.

Esa fue la reflexión que me provocó la lectura de Kanada de Juan Gómez Bárcena. La novela tiene un halo misterioso en la anécdota, los protagonistas no tienen nombre personales y no se explica nunca ni lugar ni fecha, por lo cual la situación puede ser cualquiera. Con el paso de la lectura sabemos que el protagonista es alguien que ha regresado de un confinamiento de una guerra que no se alcanza a distinguir. El tono es introspectivo con una proclividad a un fraseo cadencioso pero largo, como si replicara un cansancio espiritual. En cierto momento se va revelando que dicho confinamiento es el de un campo de concentración nazi, luego un gulag, luego el de un rebelde de un país.

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En el momento en el que Gómez Barcena usa la frase “un hombre es todos los hombres” nos queda claro que no se refiere a nazi, stalinistas, ni comunistas, sino a toda la humanidad. Claro, la del siglo XX, aunque no excluye a la Santa Inquisición, a las barbaridades romanas, mongol, vikinga, etcétera. Como si interpolarámos la sinrazón de El Proceso a Los Hornos de Hitler.

“Un niño recibe una bofetada.A veces incluso un tipo que muere, porque hasta eso, la muerte, puede provocar risas. Hay bombas, en las viñetas; redondas y con una mecha rudimentaria, pero bombas al fin y al cabo. Hay ataúdes. Hay electrocuciones. Hay batallas. Hay accidentes aéreos. Hay cadáveres con aspas en lugar de ojos. hay naufragios […] a lo mejor el mundo está hecho para ser contemplado sí, en la distancia”  (p. 99).

Con toques existencialistas y muy poca apertura a la fe, la pluma que nos deslumbró en Los que duermen no sólo se confirma como una de las más puntillosas de los escritores españoles contemporáneos, sino que también recupera un poco del realismo de sus predecesores. Kanada es un mezcal que raspa, sacude y saca esos duendes imprevistos

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