Los temibles rusos

Hay sueños que son premonitorios, otros que son recurrentes, pero no hay sueño que no nos revele algo de nosotros mismos. No estoy diciendo nada nuevo, desde antes de los griegos ya se sabía de ese limbo sagrado, luminoso y temible, del mundo de los sueños. Lo sabía Freud y los surrealistas y todos lo que vinieron después. Todo sueño es un símbolo.

El libro más reciente de Alberto Ruy Sánchez parte de un sueño de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, para ensayar las variantes de un gabinete de maravillas en torno a partículas de maldad. La obra de Ruy Sánchez nos había acostumbrado a deslumbrantes escenas eróticas con los descubrimientos de los sentidos, los jardines y el mundo árabe, pero en esta ocasión es distinto. El inicio, incluso, lo revela: el protagonista detona su historia con una visita a un reclusorio. Ahí, mientras da una plática a un grupo de una de las reclusas, una de ellas le manifiesta un pensamiento perturbador por su agudeza: “La Belleza de fuera es como un rumor, un chisme […] Las bonitas de pasarelas son como rumores que están por comprobarse” (p. 20). La maldad es igual, un rumor, hasta que se comprueba con un cadáver, reflexioné mientras leía. Me parece que ahí, en ese rumor, en ese símbolo, en ese sueño (el de Lenin y las serpientes) empieza el misterio de los símbolos y los sueños sobre la maldad.

En Los sueños de la serpiente si bien la pluma pierde la intensidad de los instantes voluptuosos, así como la brevedad de su fuerza, gana en profundidad (filosófica, si me apuran), sobre todo para entender ese complicado siglo lleno de sangre que terminó y que siempre nos señala con su historia que debemos estar pendientes de que no vuelvan a suceder sus atrocidades.

Es aquí donde debemos señalar que la maldad enfocada con mayor extensión es la provocada por los temibles rusos: Lenin, Trostky y Stalin. No Hitler y sus holocaustos, no los dictadores de todo el siglo XX, no la violencia del crimen organizado. Ninguno supera el juicio de la razón en sus motivaciones. Sin embargo, los rusos tiene una revolución cuya ideología casi rayó en lo religioso. Por ello, sobresalen los juicios del autor con la certeza que da la Historia:  “una revolución siempre devora a sus hijos. Hay algo de monstruoso y en ello palpita otro principio del horror humano que ha renacido de diferentes maneras a lo largo de los siglos: creer ciegamente que hay ideas superiores que justifican el asesinato” (p. 231).

Las maravillas del gabinete de curiosidades de Ruy Sánchez, Premio Nacional de Artes y Literatura 2017 y director de una de las más bellas producciones editoriales de Latinoamerica: Artes de México, son varias y siempre radiantes: la particularidad de la pirita, hormigas cuyo grito es audible para el hombre o las esporas que las convierten en zombie y luego les florecen en la cabeza, la vida errática de Sylvia Ageloff, la obra de Adolf Wolfli, Aloïse Corbaz, Martín Ramírez (también mencionado en Norte de Edmundo Paz Soldán), por citar las más certeras y claras, al servicio tangencial de una idea. Nunca como ejemplos sino como símbolo. Como los sueños.

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