Futbol y política

Estorba la falsa superioridad de quienes enjuician a diestra y siniestra los deportes como una especie de opio del pueblo. “Enajenados”, espetan, con gesto de superioridad moral, poco sentido común y mucho menos criterio e inteligencia en su juicio. Si Borges decía que el fútbol era popular, “porque la estupidez era popular”, allá Borges. Sin duda era un grandioso escritor, pero también un humano falible.

La realidad es muy distinta. Bien lo sabía el holandés Johan Cruyff: “El problema para entender las enormes tensiones mentales de los futbolistas nace de la extendida creencia de que son todos idiotas”. Es evidente que no todos los futbolistas. Por eso, me interesa sumar, me interesan los que sobresalen, porque ganadores hay pocos y perdedores hay muchos. De hecho, somos legión.

Los deportes tienen un fuerte sentido político, no sólo en términos económicos, raciales y geopolíticos, como lo han demostrado Colin Kaepernick o el equipo campeón de rugby durante el mandato de Nelson Mandela, narrado en la película Invictus dirigida por Clint Eastwood. Me interesa señalar los casos de los futbolistas que no caben en el señalamiento de Borges, futbolistas que se han decantando por hacer señalamientos políticos a propósitos de las canchas. Empecemos por Brasil y su Sócrates, cuya militancia política rozaba el socialismo. Romario y Bebeto asumieron sus respectivos escaños como diputados; Romario también ganó una senaduría y piensa postularse a una gubernatura. En su momento, el rey Pelé fue ministro del deporte. En la vieja cortina de hierro, el ucraniano Andriy Shevchenko también consiguió una diputación y el búlgaro Yordan Letchkov ―uno de los artífices del triunfo del equipo de Stoichkov contra México en el mundial de 94― ganó la alcaldía de su pueblo. Samuel Eto´o piensa hacer su propia carrera política y Mohamed Salah apareció en la boletas presidenciales sin siquiera salir de la cesped. Sobresale el recién electo presidente de Liberia, George Weah, y la tregua en la guerra de Costa Marfil provocada por la solicitud de sus jugadores en Alemania 2006, encabezados por Didier Drogba:

“Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte, sur, este y oeste, les pedimos de rodillas que se perdonen los unos a los otros. Perdónense. Un país en África con tantas riquezas no puede caer en guerra. Por favor, dejen sus armas y organicen elecciones libres”

En 2008, la selección alemana había siete jugadores de ascendencia extranjera, hijos de migrantes, un dato casi premonitorio de la crisis actual en la Unión Europea respecto a la migración, justo en contraste con las políticas de Donald Trump. Igual de reciente y polémico es el caso de dos jugadores suizos de origen albano-kosovar que  festejaron con el gesto del águila de dos cabezas albana, en el triunfo sobre Serbia, que todavía no acepta la legitimidad de la república de Kosovo.

El deporte es una confrontación, como la guerra, pero también un pretexto para estrechar los lazos que nos unen con nuestro iguales: compañeros o rivales. No puedo sino cerrar este recuento con la tregua en el frente belga de Ypres en las vísperas navidad de 1914, cuando ambas trincheras detuvieron al guerra para compartir el balón.

También los invito a mi blog heberquijano.com

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