De la mirada inquisidora a las ruinas en el ojo

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Tomas el transporte público en la estación más cercana a tu trabajo, has caminado varias calles y sientes el peso de tu cuerpo acumulado en cada uno de los pasos que diste de la puerta por la que ingresas en la mañana y por la cual sales al final de la tarde. Ya no tomas un atajo, la ruta que escoges es la de menor tiempo. Usas la tarjeta para cruzar el molinete que de paso a la zona de traslado en donde puedes elegir la ruta en la que te subirás para llegar a tu casa.

Extiendes el brazo para sostenerte de una de las barras de la que puedes colgarte, sientes el movimiento en tus piernas, se desplazan un poco de manera lateral, la parte de atrás te atrae, y luego te mueves hacia adelante, todos adentro tienen en un momento ese mismo ritmo, después cada uno se acomoda para estar en la posición vertical que indican las reglas para que dentro quepan más, ocupen menos espacio, y, aunque se trate de un asunto imposible no te toquen y no toques a quienes marchan estáticos a tu lado.

Miras a uno y otro lado, metes la mano a tus recursos personales para no morir de tedio mientras pasan una y otra estación, el tiempo que tardes desde este instante hasta el final de la ruta lo puedes usar en algo que te permita no dormirte. Te planteas descubrir en cada uno de los rostros de tus compañeros de viaje una figura animal, la idea es bastante infantil y caes en ella recurrentemente, cada uno desciende de un animal, y en el rostro se nota la herencia reflejada en la imagen de esa especie. Unos tienen en la cara un parecido a una iguana, un colibrí, un pez, una jirafa, otros se parecen a una araña, un tigre, una cebra, un caballo, un rinoceronte o un perro de caza. A los pocos minutos te has cansado y no logras concentrarte en la idea, la desechas, comienzas a mirarlos de otra manera.

Si fueran cada uno de ellos el personaje de una novela, el de una película, si pudieran ser alguien que existe en una narración, esa es tu nueva manera de observarlos. No encuentras ninguna motivación para sugerir que sean atractivos para un escritor, los ves una y otra vez girando la mirada de un lado a otro.

La muchacha en la silla no podrá ser Emma Bovary, es seguro que la desecharía Flaubert al verle de los ojos descolgando el parpadeo con el que quiere evitar el sueño. La niñita que trae el uniforme de colegio y el anciano unas sillas adelante no llegarán en ninguna de sus vidas a tener la magia volcánica de Dolores Haze y su profesor de inglés. El joven que duerme en la silla junto a la ventana no se despertará siendo Gregor Samsa, es probable que lo haga con la baba untándole la comisura de los labios, pero eso no da para ser uno de los insectos más famosos que existen.

El fumador de cigarrillo que debe estar sintiendo el dolor de la adicción al cigarrillo ni siquiera se imagina a Sherlock Holmes, quizá pueda aprender de química y ser espadachín, pero no, no podrá ser jamás el personaje de Doyle. El que parece alcanzar el techo con apenas levantar las cejas, aunque su contextura sea parecida a la de Frankensteín no llegará a la profundidad de este personaje que desde su tiempo nos habla de la próxima época de máquinas humanas.

Vuelves a verlos, y notas para dolor tuyo que son como tu espejo, también tú no eres un personaje de nada, ni siquiera llegarías a ser uno de los fantasmas a los que alude la narración en Luvina.

Ahora que sigues mirándolos, notas que tampoco tú serías Flaubert o Kafka, Rulfo o Nabokov. Miras hacia la ventana y sientes que te ha salvado la campana, es la estación en la que descenderás y tendrás la vida que te has merecido, una que te atas a la rutina para que no se te caiga cuando corres para no llegar tarde a la ninguna parte a la que te diriges.

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