Ya estábamos locos, ahora es cuando se nos nota

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Tus senos, breves como mangos, los quiero en mi boca.

Hay una mujer en un espejo que me encuentra en sus ojos, no sabe a ciencia cierta cómo, pero siente que le he desatado el apetito por la sorpresa diaria y la extrañeza ante los encuentros.

Hay personas que existen en modos asombrosos que incluso ausentes están presentes en la memoria, los pensamientos y las conversaciones con los amigos.

Hay una mujer que quiere entrar en mi memoria para descubrir si pienso en ella. Esa mujer se detiene a leer los espacios vacíos en mis palabras escritas para saber si la estoy ocultando tras mis versos.

Hay una mujer que sospecha de sus promesas y presiente que una noche antes de la luz de la luna probará sus besos en mi boca.

Hay una mujer que puede pronunciar mi nombre, identificar mi voz, reconocer mi rostro; eso es suficiente para que tenga importancia mi existencia.

Hay una mujer poniendo nudos en su timidez para impedirle a su boca decir que le gusto.

Hay una mujer sonriendo al recordar que su nombre y el mío por lo menos comparten una letra.

Hay una mujer sorprendida porque con cada excusa para evitarme descubre una superior para permitirme el encuentro.

Hay una mujer preguntando a las líneas de su mano si el secreto escrito en ellas es la caricia que una tarde pondrá con la palma abierta en mi espalda.

Hay una mujer que no sabe de la letra, la diéresis, la tilde, el punto o la coma, el acento, la palabra, el verso, la línea verbal, el punto aparte en la estrofa, el poema o la armazón que lo consume, pero es a todas luces el pegamento del poema.

Hay una mujer tocando sus ojos, el rostro, las manos, la boca, quiere saber cuál grieta abierta le permitió a mis palabras cruzar su indiferencia hasta despertar su primavera.

Hay una mujer que mira las fotos de su familia en la billetera que lleva en su bolso, ya sin asombro acepta que yo estoy invisible cortejándola desde un lugar en donde ella me lleva oculto.

No voy a bañarme, saldré a la calle como quien no sabe en qué hora camina, si me miras a los ojos verás que aún no termina la noche, si tocas mi espalda entenderás que no termino de soñar en sueño profundo, y si me besas mujer, entonces volveré a la cama para despertarme contigo.

Una mujer amamanta a su hijo, una señora duerme en una silla de una mesa, yo leo un libro, una muchacha habla por teléfono, una joven ve en la vitrina la ropa exhibida, hace frío, el café de todos ha perdido el aroma, una canción llega a la última nota y un silencio mínimo nos concede el altavoz que la reproduce. La mujer cambia de posición y pone el otro seno en la boca del niño, yo estiro las piernas y miro a la mujer que duerme. Una pareja pasa hablando, ella no entiende, él repite, ella afirma, él vuelve a preguntar y ella continúa caminando.

Cuando uno está enamorado, o cuando lo aman, y ojalá se den las dos al mismo tiempo, uno deja de llamarse como lo han nombrado desde la infancia, por eso la persona que nos ama nos dice el nombre que quiera, nos llama como le dice su corazón. No es un mito o una costumbre social, cuando el amor nos posee empezamos a llamarnos como solo lo sabe hacer el corazón.

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