Pasar por México es un infierno

Cruzar México es un infierno…, nos negamos a aceptarlo, a mencionarlo, a medirlo, a comprobarlo. En los últimos tres años se ha detenido a casi medio millón de indocumentados en territorio nacional, un cifra que excede el número de deportados del país vecino del norte. Solamente entre octubre del año pasado y junio de 2018, se detuvo casi 290 mil migrantes, de los cuales, casi 37 450 eran menores de edad, que viajan solos. Probablemente, si hacemos sumas por periodos, podríamos hablar de una de las crisis humanitarias más importantes del siglo XXI.

En el corredor migratorio más transitado del mundo, las historias en torno a la violencia en la Bestia, los casos de fosas encontradas con osamentas o con la cenizas (como el caso de San Fernando, Tamaulipas) y las proezas casi sobrehumanas de supervivencia son prioritarias desde distintos ámbitos —incluyendo la sublime empatía de las Patronas—, aunque aquí nos referiremos sólo al literario. Por eso hemos ya propuesto las historias de la migración a través de México casi como un género narrativo

El Libro centroamericano de los muertos, un brutal e impactante Premio de Poesía Aguascalientes 2018, de Rodrigo Balam es una muestra de ello. El poemario juega con las formas verbales del español antiguo de la Brevísima relación de la destrucción de las indias, de Fray Bartolomé de las Casas, mediante actualizaciones, reapropiaciones, parodias, y juegos sintácticos y léxicos al más puro estilo de la posmodernidad. A ello se le suma la historia personal del propio poeta, apoyada por fotos durante el poemario.

Parece que el autor quiere decir dos cosas: la primera, el infierno de la violencia contra los migrantes centroamericanos no ha cambiado desde el virreinato y, la segunda, esa violencia, ese martirio, es de todos y de cualquiera y nos es más cercano de lo que creemos:

“Y Dios también estaba en exilio, migrando sin término;
viajaba montado en La Bestia y no había sufrido crucifixión
sino mutilación de piernas, brazos, mudo y cenizo todo Él
[…] y era su sufrimiento tan grande
como el de todos los migrantes juntos, es decir,
el dolor de cualquiera; antes, mientras estaba Él en Centroamérica,
esa pequeña Belén hundida en la esquina rota del mundo (p. 21)

El libro es devastador y terrible, sangriento y angustioso. Y nos abofetea el pensamiento como lo hacen los grandes libros de literatura… aunque, en este caso, nos deba doler esa bofetada más en la realidad misma que ya vemos en nuestras calles.

 

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